- Rafael Alarcón Herrera
- Los libros
malditos del Temple - Revista Año Cero, Año XIII/nº 09
- 146, Madrid, 2002.
El legado bibliográfico de la orden permanece envuelto
en el misterio.
Otras pistas pueden rastrearse en una peculiar
traducción, conocida como Anónimo de Londres,
que el Maestre del Temple en Inglaterra, Ricardo de
Hastings, mandó hacer del Libro fe los Jueces (1160 -
1170). ¿Cuál era la naturaleza de este encargo para que,
en pago a su trabajo, el traductor fuese admitido como
caballero templario? Nada menos que trasformar el relato
bíblico en una especie de novela de caballería, de modo
que puede considerarse como la semilla de donde brotará
posteriormente la leyenda del Grial Templario en su rama
oriental. Una leyenda reinterpretada por la Orden a
partir de 1189, cuando el clérigo templario inglés
Walter Map escribió La búsqueda del Santo Grial,
captando la corriente occidental de un Grial artúrico de
raíces y mística cisterciense.
Custodios del Grial
Hacia 1190 el ciclo griálico templario parecía
definitivamente concluido, cuando el capellán templario
francés Guiot de Provins escribió su Parsifal,
una historia del Grial completamente diferente a todas,
donde se recogía la corriente gnóstica oriental
tamizada por el misticismo cátaro. Lamentablemente,
dicha obra se ha perdido y hoy sólo la conoceríamos por
referencias si no fuese debido a un trovador templario
alemán Wolfram von Eschenbach (1170 - 1220), quien
tradujo a su idioma la obra de Guiot de Provins, la
amplió y continuó.
Von Eschenbach es el mas singular de los escritores
templarios, pero no por pertenecer a la Orden, sino
porque hizo de ésta y de sus caballeros los protagonista
de las narraciones iniciático-esotéricas que escribió.
Creó su Parzival (1195 - 1210) inspirado tanto
por aquella peculiar recreación templaria del Libro
de los Jueces, como por el Poema del Templo de
Salomón, de Achard d`Arrouaise, y por la búsqueda del
Grial de Waler Map, pero sobre todo por el Parsifal de
Guiot, para continuar la historia por su cuenta en el Titurel
hasta elevar ala Orden del Temple a la categoría de mito
universal. Porque el mérito del caballero Wolfram no
estriba en haber seguido el giro gnóstico-cátaro dado
al Grial por Guiot, sino en haber declarado abiertamente
que los custodios y ejecutores de dicha filosofía ideal
eran los templarios. El Grial se guarda en un castillo de
la Orden, dentro de una iglesia con forma octogonal, como
su iglesia madre del Templo de Salomón, bajo la
autoridad de un Gran Maestre que depende de la dinastía
del Preste Juan. Es más, estos templarios de la Orden
del Grial muestran un inusual sincretismo ecuménico,
pues entre sus miembros hay cristianos, musulmanes y
paganos: el cristiano Parzival tiene un hermano musulmán,
Firefiz, que participa en la búsqueda en igualdad de
condiciones; y la dinastía del Preste Juan, a cuyo reino
se retira la Orden junto con el Grial, estaba compuesta
tanto por reyes paganos como cristianos. Para colmo, el
Grial ya no es el cáliz conteniendo la sangre de Cristo,
sino una piedra de poder traída del cielo como aquellas
piedras negras, sagradas, de la antigüedad pagana,
custodiadas en los santuarios de las grandes diosas:
Artemisa, Ceres, Cibeles, que en el medievo acabaron
guardándose como reliquias celestes dentro de muchas
imágenes de Vírgenes Negras.
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