Sesión discontinua
Está claro que si escribes crítica cinematográfica se acaba viendo de qué pie
cojeas, y a poco que se fije un lector atento se da cuenta de que las películas
que salen mejor paradas en las críticas siempre suelen destacar uno o más
aspectos en concreto, que son precisamente aquellos que definen el gusto
personal de quien escribe. Y sin embargo estas cosas nunca trascienden en el
texto de forma explícita. Se da por supuesto que el crítico está abierto a
cualquier opción, que no tiene prejuicios respecto a corrientes, estilos,
épocas, recursos, personajes, argumentos, géneros, y que valorará la película
sinceramente, sin tratar de dar con su esencia o su verdad pero tampoco sin
hacerla de menos en el más amplio de los sentidos. No se concibe que el crítico
no pueda expresar abiertamente su debilidad por un género -–pongamos por caso--
y reconocer que su opinión no es todo lo desapasionada que cabría esperar, y
que por tanto la película no saldrá tan mal parada como sería en el caso de que
el género fuera de los que no le gustan al autor.
¿Pero es que acaso algún crítico -–aunque no lo diga-- se cree que sus
valoraciones y comentarios son objetivos y desapasionados? ¿Por qué no va a
recomendar con más énfasis una película de un tema que conozca, o que tenga un
guión construido de la forma que él piensa que es la mejor? Como mucho, los
críticos admiten su debilidad por determinado director o guionista, o por un
actor o una actriz; pero todo se queda ahí, como si con eso uno ya hubiera
asumido sus preferencias y el resto fuera pura erudición. ¿Dónde está el estado
de ánimo, los fetiches, el cine malo que sin embargo atrae?
Por eso, además de un decálogo a modo de declaración formal (que es lo que el
crítico ha debido conocer o aprender por sí mismo o a través de otros), es
necesario poner en claro lo que cada cual aporta como individuo, es decir, cuáles
son sus predilecciones, aquello que personalmente considera que convierte en
buena o mala una película, dejando de lado otras valoraciones más especializadas
(que también las hay). Y así, igual que a medida que navegamos por Internet
balizamos el terreno que vamos descubriendo y construimos nuestra carpeta de
'Favoritos' --el reflejo de nuestros intereses y preferencias personales--
aquí está mi menú de favoritos cinematográficos:
Me gusta una buena comedia romántica si no acaba cayendo en la babosería; y a
pesar de que sé que son falsas contienen momentos en los que --¿por qué no?--
uno puede llegar a emocionarse. Desayuno con diamantes es mi título favorito de
todos los tiempos en este género, pero también están Dos en la carretera o
Notting Hill y Cuatro bodas y un funeral.
La ciencia ficción me atrae cuando intenta conservar un punto de contacto
factible con la realidad, o cuando apuesta por la aventura sin preocuparse de
la verosimilitud: Alien, Cube, Blade Runner... La trilogía
de La guerra de las galaxias tiene para mí el encanto de lo generacional,
de algo ligado a mi juventud, porque en general las películas de batallitas y
disparos láser no me motivan demasiado.
El género cinematográfico que menos soporto es el musical: odio cuando de pronto
se interrumpe una escena y los actores comienzan a bailar. Con estas y otras
premisas no me extraña que sea un género prácticamente agotado. Aun así,
reconozco los indiscutibles méritos de Cantando bajo la lluvia, Siete
novias para siete hermanos, Pennies from heaven o Moulin Rouge.
En los dibujos animados he crecido –-como la mayoría-- con los clásicos de
Disney (La cenicienta, La dama y el vagabundo, 101 dálmatas,
incluso La bella y la bestia, que me pilló más bien crecidito), pero
prefiero cada vez más la alternativa japonesa: La princesa Mononoke, El viaje
de Chihiro, y las aventuras de personajes como Doraemon, sobre todo porque
explotan las posibilidades que este formato puede ofrecer a los adultos. También
adoro los delicados guiones de Andrew Stanton para Pixar, por su equilibrio entre
sentido del humor adulto y diversión nada paternalista para los niños, un modelo
que ya ha creado escuela.
Los Hermanos Marx y Woody Allen son mis cómicos favoritos, aunque tampoco me
olvido de Monthy Python o los hermanos Coen cuando se ponen a hacer comedia.
Los hermanos Marx en el oeste, Una noche en la ópera, Sopa de
ganso, Annie Hall, Misterioso asesinato en Manhattan,
Broadway Danny Rose, El sentido de la vida, El gran Lebowski...
todas las he visto decenas de veces. En general me gustan los argumentos bien
trabados, con un enredo calculadamente desordenado: Ser o no ser, Tootsie,
Un pez llamado Wanda, ¡Qué ruina de función!, Bajo el peso de la
ley, Dulce libertad, Algo pasa con Mary... además, la ironía,
el sarcasmo y el humor negro son elementos que me decantan favorablemente a la
hora de escoger una comedia: El verdugo, En bandeja de plata,
Primera plana, Uno, dos, tres, Aquí un amigo (no por
casualidad las cuatro últimas son de Billy Wilder).
Pero no sólo en la comedia, sino que cualquier película que tenga un guión
sólido me atrapa. Guiones de hierro forjado en la lógica de la narración y de
la coherencia (relativa) de los personajes y las situaciones y que no descartan
el necesario recurso a lo imprevisto: El tercer hombre, Adiós muchachos,
Mujeres al borde de un ataque de nervios. En este apartado se incluyen
muchas de las películas de intriga que más me enganchan: El fugitivo,
Crimen perfecto (tanto la de Hitchcock como la de Davis), Sospechosos habituales,
La tapadera o los guiones admirables de David Mamet (Casa de juegos,
State and Main).
Estrechamente relacionados con mis preferencias por guiones trabajados están
aquellos otros que desordenan y manipulan el orden temporal de la trama, en
especial las que muestran un mismo suceso desde diferentes puntos de vista
haciendo que además eso suponga un nuevo significado a algo que ya creíamos
saber: El sexto sentido, Memento, Rashomon.
Me fascinan las filmografías impresionantes de Alfred Hitchcock y de Orson
Welles: la primera por su búsqueda continua y sistemática de la sorpresa sin
renunciar a la lógica y a la coherencia formal, y cuyo resultado ha sido un
género completamente nuevo cuya influencia todavía se deja sentir en títulos realizados
más de cincuenta años después; la segunda por su ausencia de método y marcada
por continuos problemas, pero especialmente por un inimitable estilo narrativo
y visual, de clara influencia teatral, pero creativamente adaptado
al medio cinematográfico. Psicosis y La ventana indiscreta son
mis favoritas de Hitchcock; El proceso y Mr. Arkadin las de Welles.
Películas que me emocionan siempre y cada vez que las veo: Estación Central de
Brasil, Dublineses, Las amistades peligrosas, París
Texas, La flor de mi secreto.
Clásicos a los que siempre acabo volviendo: El puente sobre el río Kwai,
El hombre que mató a Liberty Valance, La dama de Shanghai, Tristana.
François Truffaut es mi director favorito de todos los tiempos. Su película El
pequeño salvaje es la película que me hubiera gustado hacer a mí: porque
todo en ella es encantador, cotidiano y universal a la vez: la historia, los
personajes, las lecciones que se extraen, la fotografía en blanco y negro, el
aparente desorden de la sucesión de escenas... Y si hubiera de escoger por
fuerza un plano me quedaría con el del niño protagonista yendo a beberse su
vaso de leche de la merienda mientras mira la campiña por la ventana, un gesto
que desde entonces asocio a la tranquilidad espiritual y a la calma vital y que
incluso he incorporado conscientemente a mi repertorio de manías personales.
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