Sesión discontinua
1. Escribir la crítica de una película es algo tan lógico como comentar un
libro o una obra de teatro, o una exposición de pinturas, o un edificio. Toda crítica
de arte escrita es la consecuencia inevitable de la aceptación del arte como fenómeno
social, de algo que se exhibe y se disfruta en sociedad.
2. A pesar de que no podría existir sin una película de la que hablar, hay quienes
quieren creer que la crítica de cine es un género en sí mismo, como si el mero hecho
de ser una práctica con decenas de años de historia la hubiera convertido en algo
autónomo. Si no hay película no hay crítica, no hay que olvidarlo.
3. Si se acepta lo anterior ya no tiene sentido preguntarse acerca de la paradoja
que supone escribir sobre imágenes. Tan sólo en el caso de la literatura se da el
caso de que quien escribe la crítica utiliza el mismo medio que la obra que le ocupa.
Que en el cine uno escriba sobre imágenes no resulta ni extraño ni paradójico, puesto
que quien hace crítica de arquitectura habla de un edificio, quien escribe sobre
teatro lo hace sobre una escenificación... y así con cualquier otra manifestación
artística que se nos ocurra. Si hubiera que hacer la crítica de arte empleando el mismo
medio, el crítico de cine debería producir un corto (o quizá un trailer, que es
quizá el formato que más se acerca a la reseña de una
película, aunque su función está mucho más clara y no admite aspectos críticos),
el de teatro una función, el de pintura un cuadro, el de arquitectura un edificio...
Absurdo. Reflexionar sobre estas paradojas es ignorar la función concreta que tiene
la reseña crítica en nuestra cultura; es creerse quien no se es; es convencerse
uno mismo de que se posee un poder que no se tiene. No tiene sentido comenzar a criticar
autocuestionando la propia función, o señalando ciertas paradojas que no están más
que en la cabeza de quien las escribe. El crítico es simplemente un intermediario
de la opinión.
4. Quienes practican la crítica erudita y comprometida o la echan de menos lo hacen
o lo son porque el tipo de crítica que practican o que admiraron en su tiempo se
ha institucionalizado: se han convertido en profesores universitarios, en ensayistas
cinematográficos. Para estos el cine es sinónimo de erudición, de interpretación
exhaustiva y especializada; lo manejan como si el mercado no existiese, como si el
cine más minoritario (y hasta insoportable) que pueda encontrarse fuese el auténtico
cine; no ya despreciando el mayoritario y más comercial, sino simplemente ignorándolo.
La reflexión y la teorización no pueden nunca perder de vista la función básica del
cine; lo cual no significa que éstas sean las únicas, sino que no hay que perder de
vista su voluntad de comunicación. La profundización especializada debe partir
siempre de lo básico, de lo comprensible, de lo aceptado, de
lo demostrado, para después ir avanzando a base de razonamientos claros y con un
lenguaje asequible. Lo habitual, sin embargo, suele ser todo lo contrario: comenzar el
razonamiento en el punto de llegada y tratar de explicarlo sin realizar el camino
inverso (el que lo conectaría con lo comprensible, lo habitual, lo aceptado,
lo demostrado). Hacer esto es despreciar al lector y cerrar la puerta a los no
iniciados, convertir la propia investigación en una endogamia académica sin futuro.
Escribir cada crítica como si fuera la primera es la mejor garantía de que no quedará
nada sin explicación. Hay que ofrecer al lector los razonamientos completos, de
lo contrario no hay crítica que valga.
5. En el otro extremo se encuentran quienes renuncian de antemano a construir
cualquier tipo de razonamiento y se limitan a emitir un veredicto sobre la película
que les ocupa y etiquetarla a base de estrellitas. En este caso se trata de meras
correas de transmisión de los productores, distribuidores y/o exhibidores que componen
textos de función idéntica a la de los trailers promocionales
que ofrecen en las salas de cine o al comienzo de las películas de alquiler.
Los medios de comunicación, con importantes intereses en la industria
audiovisual, son los primeros interesados en que las críticas que ellos
difunden cumplan con estos requisitos de vulgarización y simplificación. Todas las
películas son buenas o son malas o una mezcla de ambas cosas, pero es el autor de la crítica
quien las convierte en algo simple o complicado. Estas dos últimas categorías son propias
del crítico, las dos primeras de la película. Si la crítica ha de permanecer en el
nivel básico de análisis y de valoración que sea porque la película también lo hace y
comparte esos objetivos, no porque existan otros condicionamientos que se resisten a
ser explicitados o reconocidos.
6. La mala asimilación de la teoría del autor se ha convertido en un problema.
El axioma según el cual el director es el autor de la película es la segunda herramienta
principal que maneja la crítica. La primera es la permanentemente abierta
clasificación de géneros. La crítica, desde este punto de vista, se convierte en
la localización en el plano cinematográfico del lugar que ocupa una película
mediante dos coordenadas: la filmografía del director hasta la fecha y el género
donde la ubica el autor de la crítica. Es más, la teoría del autor se expande
y el mismo principio se amplía a los principales intérpretes.
La teoría del actor/actriz asume que éstos siempre interpretan
tipos humanos semejantes, coherentes, equivalentes, y que en cada una de sus actuaciones
se pueden rastrear y encontrar puntos de contacto (o como mucho antítesis), exactamente
como un director en su filmografía. El público, a medio camino entre la cinefilia
fetichista y el entretenimiento de calidad, ha acabado por asumir que cada película
implica un significado; de ahí esa imperiosa necesidad que tiene todo cineasta de
«explicar» su película, de señalar paradojas, puntos fuertes, sutilezas o imprevistos...
Y esta necesidad se ha extendido a los actores y actrices protagonistas respecto a los
personajes que interpretan. El público espera que sea así y no entendería que se
hiciera de otra manera porque los medios de comunicación nos han acostumbrado a que
cualquier persona implicada en una producción cinematográfica ofrezca su propia
versión sobre el significado del trabajo desempeñado. En realidad la crítica
debe plegarse al objetivo declarado de la película, al balance entre éste
y el resultado final; a la eficacia de los recursos desplegados y su efecto
sobre el espectador. La reflexión, si la hay, debe partir de este punto.
7. ¿Por qué, al analizarla, una película nunca expresa lo que significa?
¿Por qué tiene que haber paradojas, recurrencias, dualidades y/o paralelismos ocultos,
inconscientes o involuntarios que es necesario exponer a la luz después de un
pormenorizado análisis? Los escritores cinematográficos consagrados (con el fin de
presumir de eruditos y de especializados) han transformado la crítica en una exégesis
interminable, muchas veces incomprensible y casi siempre pedante. Renuncian de antemano
a todo lo que parece obvio, sencillo o directo; sin detenerse en las estrategias
dramáticas de la película, cuando es precisamente ante ellas donde la inmensa mayoría
del público responde de forma inmediata y unánime. El análisis en profundidad, en la mayoría
de las películas, suele agotar su material muy rápidamente; la crítica cinematográfica
debe asumirlo sin prejuicios y llegar hasta donde la película dé de sí, sin forzar
la significación.
8. El cine no es, no ha de ser, un arte de elites. No es buen cine solamente
el que se dirige a las minorías cinéfilas ni el que va a contracorriente; entre otras
cosas porque el cine clásico estadounidense que alaban todos los especialistas y
autores cinematográficos sin excepción era un cine popular, simple, mayoritario,
hecho para el entretenimiento. ¿Por qué se ensalza de esta manera entonces? Porque fue el
cine de la infancia de la mayoría de los autores importantes y eso le convierte
en objeto nostálgico, mitificado e intocable. Más adelante, con las corrientes
renovadoras de los años sesenta y setenta del siglo XX, se comenzó a asociar cine
con militancia progresista y revolucionaria, incorporando una serie de cineastas
y escuelas etiquetadas a partir de entonces como «de culto». No ha de ser necesariamente
la película que más arriesga en el contenido o en la forma la que obtenga un mejor
resultado, la que acabe marcando un camino a seguir para el resto. Muchas veces son
las películas menores (las que emplean recursos y temas más convencionales e introducen
una pequeña variación) aquellas que consiguen los resultados más espectaculares. Y lo que
es más, consiguen que la mayoría del público incorpore esos recursos a su bagaje cinematográfico,
de manera que se convierta en algo convencional, aceptado y comprendido desde el punto
de vista de la comunicación y la narración cinematográficas. Del mismo modo que existe
un cine de entretenimiento que no defrauda al especialista, debe existir una crítica
que no defraude al aficionado sin renunciar al rigor.
9. La interpretación cinematográfica, en definitiva, tiende a ser conservadora
y burda, desprecia la forma y el estilo en beneficio de un significado extraído de
forma inercial, basada en una estética y en una serie de teorías gastadas y
repetidas hasta la saciedad. David Bordwell lo remacha impecablemente: «no necesitamos
más diagnósticos de fragmentos subversivos de películas gore, ni conmemoraciones de
películas 'teóricas' por su crítica al cine de consumo, ni tratamientos del cine de
arte y ensayo más reciente como una meditación sobre el arte y la subjetividad». La
crítica no es patrimonio de los especialistas ni un instrumento de los medios de
comunicación, más bien consiste en la exposición de un proceso de comprensión que
puede servir de orientación a otros espectadores.
10. A medio camino entre la pedantería y las valoraciones basadas únicamente
en el entretenimiento puede abrise paso una crítica que se centre en los efectos propuestos
y alcanzados por las películas, dejando en segundo plano el contexto de producción,
el anecdotario y las contextualizaciones históricas innecesarias. Y para ello debe
manejar el mismo material con el que está pensada y realizada la película:
intenciones, funciones, causalidades, hallazgos argumentales y estilísticos,
réplicas, diálogos, encuadres, secuencias y, por encima de todo, expectativas
satisfechas o defraudadas. De ahí surgirá la potenciación de la reflexión y
del escepticismo: porque es inevitable que algunas películas inviten a pensar
y a crearse una conciencia crítica propia. La crítica de cine, lo mismo que la película,
no implica necesariamente una iniciación previa en ciertas claves culturales o artísticas,
sino que ha de ser ésta quien las cree o las proporcione.
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