Sesión discontinua
GARANTÍA DE SINCERIDAD



LA VIDA SECRETA DE LAS PALABRAS
Isabel Coixet
El Deseo S.A., Hotshot Films; 2005
118 minutos

Da la sensación de que Coixet comenzó a escribir el guión de La vida secreta de las palabras (2005) en mitad de la historia, pues es en la segunda parte cuando la película ofrece todo lo que tiene que decir y de la forma más intensa posible. Una vez trabadas estas escenas fundamentales es como si para llegar a ellas bastara con engarzar otras que llevaran a aquéllas a base de sucesos no ya inverosímiles o exagerados, pero sí realmente raros. Bastaba con que a una solitaria enfermera (Hanna) le encargaran ir a cuidar de un accidentado en una remota plataforma petrolífera (Josef); pero no, resulta que es una mujer que se toma unas vacaciones obligada por la empresa --debido a la radical soledad en la que vive-- y que consigue el trabajo de enfermera porque lo oye comentar a una persona en el restaurante donde come.

Las mejores películas de Coixet --Cosas que nunca te dije (1996), Mi vida sin mí (2003)-- siempre incluyen protagonistas al límite de su capacidad de relación y secundarios que son auténticas islas humanas, ya sea por obligación o por voluntad propia. En la plataforma petrolífera se junta un catálogo de seres marca de la casa, con sus neuras y sus sufrimientos: desde el encargado al cocinero, pasando por los operarios de mantenimiento y el oceanógrafo; pero ninguno de ellos pasa de mero esbozo o complemento de los protagonistas; su presencia se limita a llenar breves escenas de conversaciones intercaladas entre los ratos que Hanna y Josef pasan juntos, el auténtico núcleo de la historia. Son secundarios de dan la sensación de oxigenar una historia que con dos únicos personajes hubiera resultado claustrofóbica.

Sabemos que de las anodinas charlas de ambos protagonistas tiene que acabar saliendo algo trascendente, sobre todo porque es una película de Isabel Coixet. Y precisamente por eso la espera de ese momento hace que las escenas previas parezcan un requisito dramático, con el objetivo de llevar el estado de ánimo del espectador al lugar conveniente. Y cuando llega no es que no conmueva, que lo hace, en especial las palabras de Julie Christie, sino que el tono de drama que preside la narración hace que las revelaciones no parezcan lo que son: auténticas pesadillas vividas. Quizá una falsa apariencia de buen ambiente, de humor contenido en las relaciones entre los personajes, daría una impresión de alegría que permitiría que después, en el momento en que afloran las palabras secretas, el contraste con el espejismo anterior hiciera que tuvieran un efecto mucho más demoledor.

Quizá sea que uno acude a La vida secreta de las palabras con el recuerdo de la intensidad dramática de su anterior película, o que ya hemos aprendido a blindarnos ante la perspectiva de un horror revelado, o que los personajes secundarios no acompañan la historia, no lo sé. De lo que sí estoy seguro es que se trata de una película bien hecha, exportable, sincera y conmovedora que no entiendo por qué la Academia ignora de forma escandalosa en las nominaciones a los Oscar. Puede que por un proteccionismo industrial y cultural mal entendidos o por pura y simple estrechez de miras ideológicas. No es que esté en contra de la nominación de Obaba (2005), pero después de la repercusión de Mi vida sin mí quizá esta nueva película de Coixet debiera haber merecido mayor consideración por parte de nuestros académicos de lo fílmico.




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