Sesión discontinua
EL EXCESO Y EL DEFECTO



SOLDADOS DE SALAMINA
David Rodríguez Trueba
Lolafilms S.A.; Fernando Trueba, P.C., S.A., 2002
121 minutos

Es prácticamente imposible hacer una mala película a partir de Soldados de Salamina: el material se impone por sí solo, por su humanidad, también por su original forma narrativa. Además, la novela de Javier Cercas contiene dos elementos que considero han resultado clave para su éxito: el primero la fuerza de su anécdota básica, que supone el planteamiento de un enigma tan universal como íntimo, que lleva inmediatamente a preguntarse lo que obsesiona al autor: “¿por qué salvó la vida a Sánchez Mazas aquel miliciano? ¿Qué pasó por su cabeza en aquel instante?”. El segundo elemento es que la acción se sitúa en un momento histórico muy concreto, quizá el que más admiración y más intensos sentimientos despierta en la historia reciente de España: me refiero al éxodo desesperado de la población en los últimos días de la Guerra Civil en Cataluña. Estamos acostumbrados a que cada tanto en una entrevista, en un documental, confluyan historias de familias y vidas rotas, desesperadas, durante ese éxodo civil compuesto de hombres agotados, mujeres y niños que representan el fracaso de un proyecto político y democrático dilapidado estúpidamente, la encarnación de una derrota humana y una victoria moral.

Como se menciona en algún momento de la novela y de la película, los escritores son unos sentimentales, y supongo que la tentación de la literatura y del cine para hacer épica de aquellos hechos es demasiado grande. El caso es que un episodio como el de los fusilamientos del Santuario del Collell en Girona y la salvación milagrosa del escritor e ideólogo del falangismo Rafael Sánchez Mazas, resultan un argumento novelesco y cinematográfico de primer orden. Aunque en eso influye de manera determinante la original estructura escogida por Cercas para su novela: recrear directamente su propia peripecia vital durante el proceso de gestación del libro. Éste se convierte en un ingrediente adicional que explicaría a mi juicio el éxito de la novela: se trata de una investigación histórica “real”, perfecta para el tono altamente autobiográfico que ha adquirido la literatura contemporánea. Un enigma detectivesco por desentrañar en esta época de aburrimiento, un proceso de investigación basado en testimonios del pasado, en libros, en periódicos... toda una aventura intelectual que mezcla de forma natural la trama policial y el ensayo histórico-literario. ¿Qué más se puede pedir?

El propio Cercas declaró en julio de 2002 que había tratado de dar a Soldados de Salamina el tono de la película de John Ford El hombre que mató a Liberty Valance, un filme en el que todo gira en torno a una anécdota que solamente al final resulta completada gracias a un singular desdoblamiento en el punto de vista de la narración (un recurso que hasta ese instante se nos escamotea sistemáticamente), y que da un vuelco radical al significado de la historia. De hecho, la película de Ford es la recreación de un pasado que se puede reducir a un único incidente y que es capaz de influir en la vida de todos los que lo vivieron; y lo mismo sucede con el encuentro de Sánchez Mazas y el miliciano. Cercas recompone la historia completa, documentada y ordenada cronológicamente, gracias a los testimonios de los supervivientes, para al final cerrar la historia con la declaración del personaje clave: la del miliciano que protagonizó aquel extraño suceso en una tarde de lluvia en un bosque de Girona, allá por 1939. El ex-combatiente Miralles es un trasunto de Tom Doniphon (el personaje interpretado por John Wayne en el filme de Ford), que en lugar de haber muerto (suceso con el que se inicia la historia de El hombre que mató a Liberty Valance), resulta ser alguien que perdió su juventud combatiendo en dos guerras, en los ejércitos de dos países diferentes, y es derrotado las dos veces. Las dos, porque aunque en la segunda está en el bando vencedor Miralles se da cuenta de que peor aún que el desencanto por la quiebra de unos ideales es la pérdida de los compañeros de milicia, la ingratitud y la indiferencia del mundo que ellos ayudaron a construir con su sacrificio.

Pero aunque Miralles y Cercas nos niegan la certeza de una explicación final (algo que se aviene mal en este tipo de historias planteadas como una investigación), el descubrimiento esencial que surge de esa aventura intelectual es una generación de combatientes a la que debemos una paz que hoy nos parece eterna y gratuita. Al fin y al cabo, ¿qué más da lo que pasara por la mente de aquel miliciano, sus razones para hacer lo que hizo si él mismo resulta que malgastó su juventud combatiendo por una causa que al final resulta derrotada y defenestrada por la historia? ¿De qué sirve si luego nadie valorará sus padecimientos? ¿Qué más da todo si tu felicidad ya está echada a perder?

Resulta indiscutible el olfato de David Trueba al elegir esta obra para hacer una adaptación al cine, porque de ella no puede surgir una película que deje indiferente: ni a los que disfrutaron con la novela, ni a los que debaten de forma incansable acerca de las relaciones entre literatura y cine, ni a la generación sobreviviente a la guerra civil, ni siquiera a los más jóvenes, que descubren la existencia del conflicto a través de las secuelas que dejó en sus ancestros. Sin embargo, la película no tiene el tono irónico y humorístico de la novela, y si encima la protagonista no consigue llegar al público toda la película se echa a perder. Pero eso no sucede del todo con Soldados de Salamina por lo que ya se ha dicho: el material narrativo es demasiado bueno; aun así, la imagen del personaje de la escritora bloqueada, sentimental e intelectualmente desengañada, resulta tópico y a veces cargante. Ariadna Gil está encantadora, arrebatadora, perturbadora... pero cae mal, es pedante, es insoportable su frialdad y distancia frente a las personas con las que se cruza y ante unos acontecimientos que se supone que le obsesionan y fascinan. El mundo universitario resulta igualmente falso: los mismos lugares comunes acerca del profesorado (escribiendo en la pizarra, clases impecablemente amenas como contrapunto de los propios sentimientos y del progreso de la investigación, escenas tras las clases, borrando la pizarra...). Lo mismo de siempre.

Y aunque David Trueba opta por cambiar de sexo al personaje protagonista no lo hace con la que es la compañera sentimental de éste en la novela, con lo que se esboza una relación lesbiana que no llega a cobrar entidad porque resultaría fuera de lugar. El cambio de sexo es un ardid de adaptador que trata de marcar distancias con el original, aparentemente justificado por la conversión a imágenes; cuando lo realmente difícil, encontrar una forma adecuada para trasponer la estructura narrativa de la novela, eso no parece suponer un reto para el guionista-director. La película es lineal en todo: los sucesos se explican una vez en el orden de la historia, y apenas se repiten algunos planos de la anécdota central (cuando en el libro resulta algo recurrente) y podría haber resultado un buen homenaje a la película de Ford. Además, el continuo vaivén entre hechos presentes y recreación del pasado restan fuerza a las imágenes de éste último, aunque si bien es verdad que es un acierto no haber apostado por el flashback, ni por una narración convencional a base de planos generales y de detalle, sino construida con meros planos sueltos, como si fueran el equivalente visual de las palabras sueltas e inconexas que obtiene la protagonista de los múltiples testimonios reales y literarios que reúne. En este sentido el efecto en la novela me parece más eficaz que el de la película, aunque ésta no defrauda en este aspecto. La razón es que quizá leer sobre los detalles resulta más aficaz que mostrarlos. Puede que el equivalente fílmico ideal hubiera sido el mismo recurso de la película El hombre que mató a Liberty Valance: mostrar el suceso desde puntos de vista diferentes: primero sólo en primeros planos, más adelante con planos de situación, después en plano sostenido, luego usando la cámara subjetiva para cada uno de los protagonistas. Puede que así se resaltara mejor el carácter inasible e imposible de la anécdota que fascina a la protagonista.

Cuando finalmente la protagonista localiza a Miralles en un asilo de una ciudad de provincias del sur de Francia, el espectador (lo mismo que el lector de la novela) ansía la revelación de la verdad, que las razones de aquel hombre no sólo sean convincentes sino trascendentes, una reflexión probablemente desencantada sobre la naturaleza humana. Pero nada de eso llega, tan sólo la emoción contenida a duras penas, la sensación de pérdida, el sentimiento de final de etapa vital, la tristeza ante la irremediable certeza de una vida única ya malgastada. Miralles es deliberadamente ambiguo, pero aun así transmite a la escritora la suficiente motivación como para sentir que finalmente será capaz de escribir esa historia con el estómago, con rabia, la misma que atraviesa a Miralles. Es sin duda la mejor escena de la película, aunque para ello a veces baste con ahondar en las vidas de nuestros abuelos y abuelas.




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