EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: EL RETORNO DEL REY Peter Jackson
New Line Cinema, The Saul Zaentz Company, WingNut Films; 2003
201 minutos
Peter Jackson figurará desde ahora en todas las historias del cine, ya sea en
las populares o en las sesudamente cinéfilas. Y lo estará porque ha ideado una
nueva forma de rodar trilogías –aunque bien es verdad que la obra de Tolkien no
admitía dudas en este sentido–, sin esperar a que cada entrega tenga éxito para
ponerse a rodar la siguiente. Pero también –y en eso el mérito no es del todo
suyo– por la estrategia de estrenos anuales, a pesar de tener ya las tres partes
completadas, que se ha revelado como un completo acierto. Una estrategia que
está en las antípodas de la de Matrix (1999) y sus dos secuelas, estrenadas con
apenas meses de diferencia y cuya respuesta ha sido muy negativa (a la tercera
nadie le prestó casi atención, el público estaba saturado de los mismos efectos
y de una historia tan repetitiva). Aunque por otra parte estoy convencido de
que si los distribuidores de Matrix optaron por esta forma de estreno
encadenado fue ante la evidencia de un nulo guión y un argumento que iba
perdiendo gas a cada minuto de película proyectada. En el caso de El señor de
los anillos, en cambio, la impecable base literaria garantizaba un cierto
interés a priori para los admiradores de la obra de Tolkien (que
deseaban saber cómo se había adaptado tal o cual pasaje, tal o cual personaje,
tal o cual paisaje), y para quienes no la conocían se auguraba una buena dosis
de aventura y efectos digitales, la fórmula del éxito cinematográfico del momento...
El detalle de rodar todos los libros a la vez y las posibilidades que brinda
hoy día la tecnología informática ya eran dos argumentos que convencían
favorablemente a los fanáticos de la saga tolkieniana. Por su parte, entre los
que se acercaban a ella por primera vez, ha sido el personaje de Gollum el
que ha despertado más simpatías, en parte quizá porque está generado
íntegramente por ordenador y en parte por su singular esquizofrenia
criatura buena/criatura mala. En esta misma línea, los lectores de Tolkien
mostraban su preferencia por la primera parte –La comunidad del anillo
(2001)–, mientras que los que no lo eran disfrutaban más con la segunda –Las
dos torres (2002)–, donde no se agotaba al espectador con tanto nombre raro
y primaba por encima de todo la aventura y el combate puro y duro. Aun así sigo
pensando que para la edición en DVD haría falta un remontaje a fondo de esta
segunda entrega. Si hay una trilogía que merece ser revisada y desmenuzada en
el salón de casa desde luego es ésta.
La tercera parte que se estrena ahora –El retorno del rey (2003)– debe
cerrar satisfactoriamente todas las historias y tiene sobre sí el reto de la
espectacularidad de un final a la altura de las expectativas, demoradas durante
tres años. En lo que se refiere a esto último éstas se cumplen completamente:
hacía mucho tiempo que no veía en la pantalla una batalla tan intensa como la
de Minas Tirith. En ella el virtuosismo digital roza la perfección en lo que
hace a los mamuts-tanque, que me recordaron inevitablemente a los ingenios
mecánicos y vetustamente analógicos de El imperio contraataca (1980), que
comparados con estos de ahora parecen muñecos de Barrio Sésamo. Pero también
están las escenas de combate cuerpo a cuerpo, el impresionante diseño de la
ciudad de Minas Tirith, o la curiosa “explosión invisible” de Sauron.
Con todo, mi expectación se centraba en el episodio que debía abrir esta
tercera parte: el paso de Frodo y Sam por el antro de Ella-Laraña (que en
la obra original sin embargo forma parte del segundo libro). Lo que me más me
fascinaba de este capítulo era el hecho de que Sam –el infatigable escudero de
Frodo– se veía literalmente abocado a asumir toda la responsabilidad de la
misión: Frodo es abatido por Ella-Laraña y Sam –creyendo que su compañero ha
muerto– le abandona convencido de que debe destruir él mismo el anillo en el
Monte del Destino. Pero no sólo eso, sino que se ve forzado a hacer uso del
anillo mismo, de manera que Sam acaba siendo el único Portador del anillo que
no figura en las crónicas de la Tierra Media (así lo describe Tolkien en algún
pasaje del libro), convertido así en auténtico héroe anónimo. En su lugar, en la
película encontramos a Frodo y a Sam peleados y entrando por separado en el
antro; con una araña informática impecable, pero que sirve únicamente para
asistir a una pelea más que no destaca especialmente entre todas las de la
trilogía y –lo que es peor– que Sam ni siquiera se llega a poner el anillo.
Todo esto me parece importante porque este episodio –a estas alturas de novela
y de trilogía– expresa mejor que ningún otro la verdadera naturaleza heroica de
Sam, cuyo sentido común y falta de perspectiva han sido hasta ese momento lo
que mejor le han identificado como personaje. Frodo, por su parte, se ha
revelado como el héroe sin matices; su sufrimiento no resulta conmovedor ni
comprensible, y en cambio sí lo es el esfuerzo de Sam por cumplir una misión
penosa que ni siquiera acaba de entender. Esta misma situación se puede extender
a las dos películas precedentes: Frodo acaba cayendo mal debido a sus dudas y
salidas de tono, y en cambio Sam va acaparando protagonismo poco a poco. La
escena culminante en el Monte del Destino, justo en el momento de lanzar a las
llamas el maldito anillo, evidencia con claridad todo este proceso: después de
un viaje penoso que ha durado tres películas y tres años al espectador, Frodo
se resiste a dejarlo caer al fuego, y Sam le grita con toda la razón: “¿Pero
por qué no lo tira?”. Exactamente lo que todo el público está pensando en ese
instante. Me parece que para Tolkien –o al menos es la lectura que yo extraigo–
los verdaderos héroes son los que libran batallas en el día a día, los que ni
siquiera son conscientes de su propia heroicidad.
Pero El retorno del rey no es una película de aventuras medievales al uso, y
por eso contiene un largo final en el que todo son ceremonias y despedidas,
algo que a más de uno le enfría el entusiasmo después de tanto derroche de
espectacularidad bélica. Y es que en el libro Tolkien dedica más de cien páginas
a cerrar como es debido todas las tramas abiertas en el argumento, y Jackson
no podía saltarse todo esto sin ser estigmatizado por todos los fans de la
Tierra Media: cada personaje con cierta entidad (Aragorn, Faramir, Eowin,
Legolas, Gimli...) tiene su propio epílogo, en el que se incluyen acontecimientos
que no forman parte estrictamente de la historia principal. En los casi veinte
minutos que ocupa todo esto en la película no sólo conocemos el destino final
de Frodo y de todos esos reyes, magos y seres extraordinarios, sino que acabamos
de convencernos de la auténtica dimensión de Sam Ganyi en toda esta epopeya: un
ser amante de las rutinas cotidianas que acaba comprendiendo que la libertad y
la paz exigen sacrificios que van más allá de la propia capacidad de comprensión.
Quizá esa sea la epopeya más desbordante de toda la trilogía. En cualquier caso,
esos mismos fanáticos de la Tierra Media podemos descansar... hasta que
salga a la venta el pack de coleccionista.