Sesión discontinua
DISCURSO PERSONAL EN RACCORD SINTÁCTICO



LA PELOTA VASCA. LA PIEL CONTRA LA PIEDRA / EUSKAL PILOTA. LARRUA HARRIAREN KONTRA
Julio Medem
Alicia Produce, S. L.; 2003
117 minutos

No es habitual que un documental salte y ocupe tantas páginas de los periódicos, que tantos columnistas y tertulianos le dediquen su atención. La única razón por la que La pelota vasca (2003) de Julio Medem ha desbordado las secciones de crítica cinematográfica es que trata de un tema político candente. Por eso esperaban todos aquellos no habituales de la crítica de estrenos que la película tomara partido y confirmara sus posturas de forma inequívoca, y así poder usarla como argumento en sus artículos en lo sucesivo. Por tanto, mal por Fernando Savater, mal por Antonio Elorza, mal por José María Ruiz Soroa, porque no han visto más que una oportunidad de ver reafirmadas sus ideas y puntos de vista respecto al "problema vasco". No tiene sentido criticar la equidistancia en la exposición de la violencia de uno y otro bando, ni las declaraciones yuxtapuestas de la viuda del ertzaina y la esposa del preso porque son opciones del cineasta, no el argumentario meridiano de un jurista ni un notario. La equidistancia es un problema ético y social, que en todo caso forma parte de la opinión de Medem, pero nunca un argumento que deba ir en contra del documental. Nadie le puede quitar a su autor el derecho a exponer el asunto a su manera, aunque el conjunto no resulte tal como debería plantearse en un tribunal o en un parlamento, exactamente igual que sucede con los puntos de vista de otros filmes sobre el mismo tema --Los justos de José Antonio Zorrilla o Sin libertad (2001) de Joseba Iñaki Arteta-- que si coinciden con los de los columnistas. No se trata de igualar ambos bandos, porque no es posible; pero si uno se limita al terreno del documental, tampoco se puede exigir un cierto montaje, aunque sí estar en desacuerdo con su idea central, pero no tratar de arrimar la sardina a la propia ascua. Es más, a mí me parece que contraponer a la viuda y a la esposa no es algo inmoral ni ambiguo, y que en todo caso quien queda en evidencia es esta última, que trata de ver equiparado en vano su sufrimiento con el de la primera.

Juzgado exclusivamente desde el punto de vista cinematográfico, el montaje es lo que más sobresale: la concatenación de intervenciones y, en ocasiones, un ritmo de montaje demasiado rápido; pero sobre todo el encadenamiento en raccord sintáctico de la banda hablada de los diferentes entrevistados, de manera que el resultado parezca como la declaración de una voz externa y omnisciente; como si para extraer algún sentido en todo ese magna de palabrería hubiera que recurrir a esta delicada técnica de empalme sonoro.

La principal preocupación de Medem parece ser incluir el máximo número de testimonios en el necesariamente limitado metraje para la explotación comercial. Pero no se contenta con eso, sino que --para acelerar las declaraciones-- elimina mediante corte por salto cualquier circunloquio o reflexión que no esté directamente relacionada con el aspecto que se trata en cada bloque temático. Las declaraciones se agrupan siguiendo un orden de planteamiento, desarrollo cronológico del conflicto y propuestas de solución o de futuro, de manera que al final uno tenga la sensación de que a nadie se le ha privado de la oportunidad de expresar su opinión. Quizá donde se hace más patente esa labor de construcción del director es en el bloque que da comienzo a la película, en el que Medem enlaza un párrafo sintácticamente impecable yuxtaponiendo frases de diferentes interlocutores, sirviendo un poco como declaración formal del autor: filtrar, separar el grano de la paja, y para ello no duda en seleccionar, sintetizar, interrumpir o descontextualizar el material de que dispone. La tentación de expresar el punto de vista personal a través del discurso ajeno es demasiado fuerte y en ocasiones el montaje del director dice más que los propios entrevistados. Con todo, a medida que avanza la película, se despliegan otras estrategias y se diversifican los enfoques: la batuta de Medem se diluye finalmente en la vorágine de intervenciones. Tampoco es casual que la parte de la cultura vasca se exponga a través de un poco conocido documental de Orson Welles (más interesante por su valor cinematográfico que por su contenido): puede más la cinefilia que el tratamiento documental de la realidad.

De todo este planteamiento técnico-artístico el principal perjudicado es el contenido: es superficial, permanece al nivel de mera exposición del tema, tratando de sumar aportaciones, como si de un desordenado debate de instituto se tratara... Pero poco más. Los intentos de ahondar en los orígenes de la cultura vasca y del nacionalismo se quedan en simples tópicos y lugares comunes. El error más grave de Medem es su renuncia a incluir una voz --aunque no fuera neutral pero sí contextualizadora-- que ponga al espectador en antecedentes de cada bloque de intervenciones. Esa labor exige un esfuerzo de documentación y de síntesis pero también, y eso es a lo que Medem renuncia desde el principio, a añadir una voz narradora al lado de los protagonistas de su película; no sé si por miedo, por inseguridad o por falsa humildad. El caso es que con todo esto La pelota vasca resulta ser el documental más sencillo, aunque también el más abierto, que se pueda realizar sobre el conflicto vasco, lo cual no dice mucho en su favor.

De lo que no se puede acusar a Medem es de cobardía, ya que se ha lanzado a una película nada fácil, estrenada en un momento de tensión entre Madrid y Vitoria, que denuncia claramente la falta de actitud dialogante por parte de ambos bandos (nacionalistas y no nacionalistas). Y eso es algo que no me parece un tópico cuando todos los canales de comunicación están cerrados y nadie parece echarlos en falta. Todos los políticos quedan sin excepción en evidencia (los socialistas eludiendo responsabilidades sobre el GAL, Arzalluz exhibiendo su arrogancia, Otegui completamente desfasado; el Partido Popular debido a su ensordecedora ausencia). La parte más conmovedora son, sin duda, los testimonios de las víctimas; pero no es lo único destacable, como se empeñan en resaltar algunos de los comentaristas políticos antes mencionados, también está la lucidez de los antiguos militantes etarras, demostrando su compromiso inequívoco al condenar la perversión militar-fascista de la actual ETA sin renunciar por ello a expresar su deseo de independencia. Lo peor es el recurso constante a las archirrepetidas tonterías sobre el pueblo vasco como unidad a través de la historia, o el tomar los textos en la literalidad que a cada cual le conviene (que la UE se defina como una Europa de los pueblos no quiere decir que en la práctica no sea una unión de Estados), todo con el propósito de revestir de jurisprudencia o de sacralidad los propios planteamientos políticos. Aun así, lo más patético es la gerontocracia vascofrancesa, con un discurso y unas ideas que demuestran que tiene el reloj parado hace lustros.

Uno de los principales problemas del cine socialmente comprometido que se hace hoy en España es que la mayoría del público que acude a su reclamo está convencido de antemano de su eficacia, que el mero hecho de abordar el tema es suficiente para garantizar la calidad del filme, cuando esto no es siempre así. Se puede abordar un argumento polémico o candente pero hacerlo mal, con una película que no exponga bien el problema o que no atraiga a espectadores no concienciados, que debería ser otro de sus objetivos. Me parece que con La pelota vasca sucede un poco lo mismo: sólo van a verla quienes están al día del conflicto vasco a través de los medios de comunicación. En cambio, a quienes se acerquen con intención de introducirse en el tema les pasará como al resto: demasiadas cosas en demasiado poco tiempo. Quizá el formato más adecuado hubiera sido la serie televisiva, pero el problema estaría en la financiación: ¿qué cadena --hoy por hoy, con el control que ejerce el gobierno en este medio-- se atrevería con un proyecto así?

En definitiva, La pelota vasca es un aluvión de declaraciones incipientemente ordenadas que se devora sin aliento pero que no deja lugar para la reflexión. No hay un propósito personal de síntesis, ni una guía que permita introducir cada grupo de testimonios. Al final uno sale con la misma sensación que a la entrada: el problema vasco tiene demasiadas aristas y se resiste a ser reducido a una interpretación medianamente sencilla. Todo el conjunto resulta una acumulación de testimonios sin otro propósito que el de ilustrar un debate, pero nada a partir de ahí. Por lo menos el cierre de la película deja un buen sabor de boca gracias a un sencillo pero eficaz acierto formal: Medem encadena --a modo de créditos-- una imagen de todos los que aparecen en la película en la que la cámara les rebasa, dejándolos fuera de campo, de manera que ésta literalmente "les deja atrás". Quiero pensar que en ese movimiento se encierra la convicción de que el conflicto vasco no sólo concierne a las personas que hoy están en él involucradas, que ningún líder ni pensador es imprescindible en este proceso y que la solución es una cuestión de tiempo y no está en manos de quienes han participado en la película a título individual. Es cuestión de diálogo en colectividad.




| Volver arriba | Imprimir esta crítica | Enviar esta página |


Licencia de Creative Commons

Sesión discontinua está bajo una licencia de Creative Commons.