Sesión discontinua
NUEVAS FORMAS PARA EL DESENCANTO
MELINDA Y MELINDA Woody Allen
Fox Searchlight Pictures, Perdido Productions; 2004
102 minutos
Woody Allen ha conseguido con Melinda y Melinda (2004) regresar al punto
de su filmografía que supuso Desmontando a Harry (1997): una obra de gran
calado argumental con una estructura que se resiste a ser incluida dentro
una etiqueta genérica al uso. No voy a entrar en el debate de si se trata
de una película mayor o menor dentro de su carrera, eso lo dejo para los
expertos, lo que sí me parece fuera de toda duda es que Allen es incapaz
de superar su propio debate interno acerca de sus preferencias por el
drama o la comedia. Allen sigue oscilando entre ambos extremos, lo cual
no impide que domine los resortes cinematográficos que sustentan a ambos;
aunque lo que sí resulta nuevo es su reciente obsesión por la claridad y
la sencillez a todos los niveles: historias ordenadas --y si no lo son
están perfectamente definidas de antemano en su estructura, para que el
espectador no se pierda--, ausencia de vanguardismos o experimentos
narrativos, personajes exageradamente atormentados o demasiado grotescos.
Allen parece haberse decantado --no sé si por necesidad de conservar la
que tiene, por captar nueva audiencia que haga viables sus películas o
por convencimiento propio-- por convertir sus películas en un producto
diáfano de los cuales todo el mundo pueda extraer sin dificultad una
moraleja, un tema, una intención.
Celebrity (1998) fue el último título rodado con las constantes que
distinguen la marca de fábrica del Allen más clásico, mientras que
Acordes y desacuerdos (1999) inaugura esta nueva etapa marcada por un
cambio de estilo, prácticamente coincidiendo con el cambio de milenio.
Melinda y Melinda insiste en esta línea: no solamente narra prácticamente
la misma historia --una desde un punto de vista dramático y otra más
desenfadada--, sino que lo hace mediante una forma narrativa explícita
que no deja lugar a dudas acerca de su intencionalidad didáctica. En una
conversación de sobremesa de una cena cualquiera en un bistrot cualquiera
de Manhattan, dos autores tratan de convencerse mutuamente acerca de la
necesidad de adoptar un punto de vista trágico o cómico a la hora de
contar cualquier historia. Estoy convencido de que hace diez años este
clarificador prólogo no habría existido y el filme habría entrado
directamente en materia, entrelazando sin más las historias, un poco en
la línea de Maridos y mujeres (1992), probablemente el último título del
Allen más radicalmente experimentador y desencantado.
Lo que me sigue fascinando de este cineasta es su capacidad para
establecer tramas y situaciones con tal aparente facilidad. Dados unos
personajes y una mínima situación de partida --una mujer que irrumpe en
una cena-- Allen se las apaña para tejer a partir de ahí los entramados
necesarios que pondrán en marcha la historia y la harán paulatinamente
más compleja e interesante: en un caso la mujer es una amiga de turbio
pasado que se reencuentra con sus amigas del instituto, en el otro es una
desconocida que irrumpe en un grupo de intelectuales más o menos
extravagantes. Da lo mismo, Allen comienza a entrelazar sentimientos,
escenas urbanas y --como señala el programa de mano del cine donde fui a
verla-- su "lucha personal entre la moralidad, la identidad, la
intimidad, los celos y las peculiaridades del amor romántico". Después,
te lleva lejos, te da mil vueltas, ves el mundo desde diferentes
perspectivas y a través de nuevos prismas y sueles acabar asistiendo a la
declaración de mutuo amor por parte de una nueva pareja que expresa su
confianza en el futuro a pesar de los numerosos indicios en contra
aportados previamente. El hecho de que estemos tan cerca del final de la
película anula cualquier posible efecto de rechazo que este hecho podría
provocar en nosotros; da igual que ya estuviéramos convencidos --de
antemano o por la película misma-- de que la vida en pareja es un
interminable catálogo de miserias; da igual que vivir en pareja sea un
más que probable suicidio personal y social, el momento de iniciar la
relación es un chute de adrenalina tan intenso que proporciona fuerzas
suficientes para resistir el golpe que puede debamos soportar en la
ruptura años después. Lo verdaderamente importante es salir de Melinda y
Melinda con esa imagen reciente en la mente y en la retina, optar por el
vaso medio lleno. Woody Allen es más consciente que nunca del efecto
terapéutico que posee el cine sobre el ser humano y se aplica en sus
películas a esa labor paliativa. Es curioso comprobar hasta qué punto
este hombre sabe explotar el escepticismo como un argumento que
contribuya al optimismo vital.