Sesión discontinua
MAR INTENSO



MAR ADENTRO
Alejandro Amenábar
Eyescreen S.R.L., Himenóptero, Lucky Red, SOGECINE S.A., UGC Images; 2004
125 minutos

Después de leer la conversación-entrevista entre Amenábar y Bardem publicada por El País Semanal, poco antes del estreno de Mar adentro (2004), me pareció que se trataba una vez más del clásico discurso que extrae una filosofía positiva, progresista y contramayoritaria de la vida a partir de una experiencia cinematográfica que también es humana. Demasiado buen rollo. Ahí se me empezó a torcer la película. En realidad lo que se me torció fue este trillado estilo de promoción que nos gastamos aquí, porque en el momento de ver la película todo --pero absolutamente todo-- cambia.

Alejandro Amenábar no se ha limitado a filmar los últimos meses de vida de Ramón Sampedro, sino que ha confirmado de una vez por todas que posee un dominio envidiable de los instrumentos del drama cinematográfico. El viaje hacia la muerte de Ramón se ve contrapunteado durante ese mismo lapso por la pareja que forman Marc --el abogado que finalmente se hace cargo de su caso-- y Gené --la representante de la asociación para el derecho a morir dignamente--, que ejecutan un trayecto vital de dirección distinta, no opuesta pero sí de alto contraste. Mar adentro no es un argumento lineal jalonado de buenas escenas con un final más que anunciado, sino una historia aderezada --mediante un trabajo indiscutible de guión-- por otros elementos que la enriquecen y le añaden numerosos matices. Son aciertos dramáticos como el paralelismo entre la primera cita de Marc y Gené y la experiencia de Rosa --la mujer que finalmente ayudará a morir a Ramón-- con sus ex-maridos; la narración del accidente de Ramón por la vía interpuesta del magnetófono y los silencios, la secuencia de montaje de la adaptación de la silla de Ramón y su preparación para el juicio.

El casting es el segundo mejor activo de la película: el físico, el movimiento y la voz de los actores transmiten de un solo vistazo el carácter de los protagonistas principales. Destaco, por encima incluso de Bardem, a Mabel Rivera --en el papel de la cuñada de Sampedro--, que cuaja una interpretación soberbia, por su sencillez de matices llenos de sensibilidad. De su actuación se desprende el retrato de la que sin duda debe ser la mujer más bondadosa de Galicia; todo en ella es emocionante: desde su trabajo incansable en la casa familiar hasta esa impresionante réplica al cura tetrapléjico en la que se le escapa el alma por la boca. Si el Goya de este año a la mejor actriz de reparto no es para esta mujer es que todos en la Academia están muertos por dentro. Pero también están perfectamente escogidos Celso Bugallo (el hermano de Sampedro), Clara Segura, Tamar Novas (Javier, el sobrino de Ramón)... todos bordan una interpretación contenida cuyo mérito atribuyo a la dirección de actores. La parte restante de credibilidad de los personajes la proporciona los diálogos medidos de Amenábar y Gil, a día de hoy el mejor tándem de guionistas del cine español, reunido de nuevo desde Tesis (1996) para regocijo de los espectadores.

Incluso la escena de la muerte filmada de Sampedro (puede que las dos palabras que inicialmente atrajeron a Alejandro a interesarse por esta historia), precisamente por ser un calco de la que vimos en su día por televisión y porque todos los espectadores la esperamos como la más intensa y dramática, pues me pregunto si esa escena estuvo siempre fija en el guión o en algún momento se planteó descartarla, para darle la fuerza de aquello que no se ve en una película. Ese instante crucial me resultó menos impactante porque unos minutos antes asistimos a la despedida de Ramón en el momento de abandonar la casa familiar. El personaje de Javier --y el que no quiera saber más detalles que se salte el resto del párrafo--, el contrapunto de la cuñada --incapaz de articular palabra-- y el plano aislado del hermano mayor completan el momento más intenso de esta película intensa. Es el sobrino quien vertebra la secuencia mediante la lectura --el día antes-- del poema que Ramón le dedica como hijo que nunca tuvo y él no entiende. Al día siguiente, junto a la ambulancia que está a punto de llevárselo, el abrazo y las tiernas palabras de su tío hacen que de pronto Javier sea consciente de la trascendencia del momento, la misma que ha estado pasando por alto todos esos años junto a él. Empieza a llorar y comprende entonces el drama que atormentaba a Ramón, comprende lo que le dijo el día antes leyendo el poema, comprende el sentido de las conversaciones de todos los días pasados. Esa escena es para mí el verdadero clímax de la película, por encima incluso de la secuencia de la muerte y del epílogo de Gené y Julia; una auténtica avalancha de sentimientos en estado puro.

Cosas como el empeño de Amenábar en el realismo de los detalles o la fidelidad a la historia real no son ni buenas ni malas ni importantes para la película; en cambio me parece un detalle fantásticamente significativo el rodaje de la película en tres idiomas --castellano, catalán y gallego--, con cada personaje hablando en su idioma materno, sin problemas, con subtítulos. Sí, los catalanes a veces hablan catalán entre ellos, y los gallegos el gallego; y todos el castellano entre ellos. A ver si se enteran en el resto de la España no plural. Mar adentro no es una excusa para poner sobre la mesa un tema polémico, es nada menos que la historia de un individuo y su peripecia. Mar adentro es una película conmovedora de la cual uno no puede salir indiferente: quizá escandalizado, triste o reconfortado, pero nunca defraudado. Y más adentro todavía planea la maestría inapelable de un cineasta que sabe lo que quiere y cómo lo debe expresar.




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