Sesión discontinua
VIVISECCIÓN DE CIERTOS MITOS FUNDACIONALES



MANDERLAY
Lars von Trier
Zentropa Entertainments, Edith Film Oy, Film i Väst, Invicta Capital Ltd., Isabella Films B.V., Manderlay Ltd., Memfis Film & Television, Ognon Pictures, Pain Unlimited GmbH Filmproduktion, Sigma III Films Ltd.; 2005
139 minutos

El principal mito viviseccionado en Manderlay (2005) no es el de la esclavitud sino la mayoría de las constantes de toda comunidad humana: el bien limitado que genera el mal absoluto, la imposibilidad de la inocencia, el poder inevitablemente basado en la violencia, las contradicciones individuales inherentes a todo intento de pedagogía social; en definitiva, los beneficios y miserias de la vida humana en sociedad.

Manderlay es la segunda parte de la trilogía que su director ha bautizado como "EE UU: tierra de oportunidades" y en el retrato de situaciones y personajes, así como en algunas consecuencias que se deducen de ellos, no queda títere con cabeza. Tanto Dogville (2003) como su continuación han apostado por centrar la acción en un microcosmos parcialmente representativo de la humanidad, de manera que cada novedad, cada reto, cada alegría, cada drama, cada imprevisto, proponen un corolario que culmina en la mente del espectador. Prácticamente cada escena permite aumentar la escala de los conflictos, las actitudes o las reacciones y trasladarlos al problema universal de las sociedades complejas. Tanto en Manderlay --como antes en Dogville-- se describen las células madre que desarrollan nuestro instinto de socialización: así somos, así reaccionamos en situaciones límite (algunas realmente espeluznantes); y por eso el mundo que hoy conocemos es como es. Al menos es así como yo encaro el significado, la calidad y la importancia de ambos filmes.

Eso sí, al contrario de la mayoría, Manderlay no es un filme maniqueo, en este caso donde los blancos son malos malísimos y los negros buenísimos; aquí nadie se salva de la quema: todos somos humanos y eso implica que a veces nos comportamos como héroes y otras como miserables; y sin embargo seguimos siendo seres humanos. Nada más comenzar la película Grace --la actriz que sustituye a Nicole Kidman-- argumenta ante la dueña de la finca que no puede mantenerse a personas en condición de esclavos porque lo prohíbe la ley y "hay que obedecer la ley": y lo dice precisamente ella, la hija de un gángster que viene de arrasar el pueblo de Dogville y fundamenta todo su poder en las armas de fuego de la banda de su padre. Ironía sangrante, sarcasmo vivo. Pues así una detrás de otra.

Habrá quien se limite a contraponer el retrato social e histórico de Manderlay con la actual sociedad estadounidense, viendo en la etapa de Bush hijo un retroceso a niveles comparables a los del propio país en los años treinta del siglo XX, marcados por el conservadurismo pacato y mojigato de Dogville y el racismo y la falsedad de Manderlay. Es una opción (un nivel de lectura, como se decía antes), pero creo que va más allá en los términos que exponía dos párrafos más arriba. Pero es que además es todo un síntoma que esta feroz crítica llegue desde Europa no sólo en un momento de auge en EE UU del conservadurismo moral y político, y del expansionismo imperialista también, un dato inequívoco de la percepción exterior de una decadencia, del debilitamiento en el ejercicio del poder. Está claro que la democracia tal y como la entendemos hoy no es simplemente la que nació en Francia, sino que se ha completado y mejorado con la aportación de EE UU; pero también es indudable que la corrupción y los intereses personales no hacen más que poner aún más al descubierto la doble moral que rige la vida política de este país junto con su extendida "enfermedad moral del capitalismo". Manderlay evidencia todo eso, pero va más allá, apunta a la naturaleza humana; eso es lo más triste.

Una de las claves del éxito de Dogville en su momento fue su original escenografía, con ausencia de decorados y exteriores, tan sólo el mínimo atrezzo y una iluminación creativa. Si eso fue un acierto ¿por qué no repetirlo en la segunda parte? Desde luego ya no nos impacta tanto como la primera, pero está claro que contribuye a reforzar el mundo ficticio levantado por von Trier, aumentando esa sensación de sociedad cerrada en sí misma que se venga sin piedad cuando es atacada o se siente amenazada: el peligro real y el ficticio se confunden y la mayoría de personajes actúan como si ambas cosas fueran lo mismo. Probablemente esta sea la idea central de ambas historias, y también la más peligrosa.

El rodillo inmisericorde de von Trier alcanza hasta los mismísimos créditos finales: repite el carrusel de fotografías bajo los acordes de "Young americans" de David Bowie, y que cerraba Dogville, sólo que sustituyendo la denuncia de la desigualdad social por la desigualdad flagrante entre blancos y negros. Estos créditos, después de las más de dos horas de bombardeo sin pausa, suenan como una traca final en la que ya se tira a dar, con nombres y apellidos. Ya se me hace tarde para ir a ver Washington (2007) el título que cerrará esta trilogía de desagravios; de la misma forma que se me impone una revisión de la filmografía de von Trier, al que debo reconocer que tenía infravalorado.




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