LOST IN TRANSLATION Sofia Coppola
American Zoetrope, Elemental Films, Tohokashinsha Film Company Ltd.; 2003
105 minutos
Yo no diría que Lost in translation (2003) es una digna heredera del
clásico de David Lean Breve encuentro (1945), sino de ciertas películas
de Wim Wenders, y no de una en concreto, sino de unas cuantas con un elemento
común: su ambientación en el continuo mundial de espacios que conforman los
aeropuertos, los hoteles internacionales y el centro de las urbes más grandes
del planeta: lugares separados por miles de quilómetros que sin embargo
percibimos como contiguos y unificados por un mismo patrón cultural, que unos
denominarán cosmopolita y otros "deslocado" (de deslocación). En la película de
Sofia Coppola hay planos y situaciones que parecen directamente inspirados en
títulos como El amigo americano (1977), Relámpago sobre el agua
(1980), París Texas (1983), pero sobre todo le debe muchas cosas a
Tokyo-Ga (1985), el documental que Wenders rodó durante su estancia en
la capital japonesa, y hasta me atrevería a decir con aquella exposición
fotográfica suya cuyo título merecería convertirse en una más de sus películas:
Imágenes de la superficie de la tierra.
Además de compartir con Tokyo-Ga escenario y ambientación, se desprende
la misma extrañeza hacia un mundo ajeno, pero no por exótico ni lejano (la
cultura japonesa, el idioma...), sino por desmesurado, por caótico, por
excesivamente yuxtapuesto. El extrañamiento de ambos protagonistas, perdidos y
abocados uno al otro durante unos días en Tokio por circunstancias diversas,
surge directamente de la combinación entre soledad –-coyuntural o estructural--
y una masificación urbana inasible (en el caso de Bill Murray la contención
resulta fundamental en el reconocimiento que está teniendo su interpretación).
Es casi inevitable ver el Tokio retratado por Sofia Coppola y pensar en Blade
runner (1982), pero es que Wenders ya hizo lo mismo con París en El amigo
americano, con Nueva York en Rélampago sobre el agua o con Los
Ángeles en París Texas. Aunque si la combinación entre soledad interior
y multitudinario exterior vuelve a dar sus frutos en el cine lo hace por méritos
propios, no por simple imitación, y en esta labor no es ajena el trabajo de
guión y dirección de Sofia Coppola y la fotografía de Lance Acord.
Pasillos de hotel envueltos en suaves murmullos mecánicos de origen desconocido,
sucesión anárquica de bares, restaurantes, karaokes y salas de juegos,
panorámicas increíbles desde ventanas en habitaciones de hotel que desbordan
aburrimiento y tristeza... Sensación de que en todo aquello que existe en torno
a los protagonistas faltan las causas, las cuales –a ellos y a nosotros- se nos
ocultan sistemáticamente; gentes que atraviesan la pantalla cuyo comportamiento
no revela auténticos motivos, ni traslucen una existencia más allá de los
momentos compartidos. La distancia, el desencanto, el desistimiento, son los
mismos que fijó Wenders en los protagonistas de sus películas de los ochenta;
y se reencarnan ahora en Bill Murray (un actor venido a menos) y Scarlett
Johansson (una recién casada y licenciada que no sabe qué hacer con su vida)
para aterrizar en el mismo planeta extraño y ajeno de entonces.
Es fácil imaginar las razones del éxito de Lost in translation de cara a
los principales premios de la crítica y de la Academia: se trata de una película
alternativa, hecha con pocos medios, pero que reafirma y demuestra una vez más
la inagotable capacidad del cine estadounidense para resurgir de su mediocridad
comercial, de incorporar nuevos talentos y puntos de vista; de sorprender y
agradar en definitiva. Al final siempre acaba surgiendo ese filme que devuelve
al público su fe en una cinematografía -–la estadounidense-- que parece
estancada en la espectacularidad y el rendimiento en taquilla. Lost in
translation en este sentido me recuerda a lo que sucedió con Bailando con
lobos (1990) de Kevin Costner, donde a los indudables valores de la película
se añadía un empeño personal en su rodaje en condiciones adversas y la
reivindicación de un género genuinamente nacional: el western. Aquí se
trata de una comedia –-lo mejor, sin duda, el diálogo de besugos entre Murray y
el anciano en el hospital, con dos mujeres en segundo plano literalmente
partiéndose de risa-- que además sabe asomarse con cálculo y moderación a
algunos temas más serios y profundos. Seguramente no es la mejor película del
año, pero realmente vale la pena volver a darse una vuelta --o descubrirlo por
primera vez, que todo es empezar-- por el planeta Wenders.