KILL BILL VOL. 2 Quentin Tarantino
Miramax Films, A Band Apart, Super Cool ManChu; 2004
137 minutos
Q y U son Quentin y Uma; dos amigos que se han conocido gracias a sus trabajos
en el cine y que comparten unos gustos parecidos. Un día Q y U charlan sobre
todo y nada cuando de pronto ella comenta que le apetecería interpretar un
personaje enigmático, duro y sensible a la vez en una película con mucha acción.
Ese personaje protagonista acabará siendo “La novia”, el eje sobre el que
Tarantino ha compuesto lo que al final no ha sido una película, sino
dos, que trata de parecerse a un cómic –-con sus capítulos y sus volúmenes--
envuelto por el mayor pastiche de géneros y recursos cinematográficos populares
que yo recuerde en muchos años. Si Kill Bill
vol. 1 (2003) destacaba por una línea argumental excesivamente
esquemática, casi introductoria y anticipatoria, Kill Bill vol. 2 (2004)
es un apoteosis de formatos de pantalla, emulsiones fotográficas y cámaras varias,
encuadres, zooms anticuados, títulos de crédito, interpretaciones
estereotipadas, bandas sonoras cuidadosamente seleccionadas e intercaladas,
colores vivos o desvaídos y blancos y negros aleatorios... cualquier cosa que
sirva para divertirse rodando la sencilla historia de una venganza sistemática
y salvaje, y de paso hacerlo homenajeando, imitando y recreando un cine de
acción e intriga cuyo momento de esplendor tuvo lugar durante nuestra juventud:
el de las películas asiático-estadounidenses de artes marciales de los años
setenta. Puesto al día a través de esta doble actualización y gracias al recuerdo
adolescente ya no nos parece tan malo como entonces, ahora resulta entrañable
y nos encanta descubrir los guiños de todo tipo que Tarantino se ha preocupado
de intercalar.
Las dos partes en que se divide la historia me parecen claramente descompensadas,
y no sé si es algo casual o expresamente buscado. Eso es lo de menos. Lo
importante es que con Kill Bill vol. 2 uno despide la mini saga con un
buen sabor de boca, viendo a Tarantino en plena forma: sus diálogos absurdos
anunciando los más increíbles estallidos de violencia; la distorsión exagerada
del tiempo narrativo, completamente sometido al argumento (llegando a omitir el
nombre de la protagonista con el típico ruido reservado a las palabrotas para
que sea en la escena que a él le conviene cuando oigamos finalmente su verdadero
nombre: Beatrix); con su dominio impecable del suspense y su capacidad
inimitable para componer escenas extremas. Pero además sucede que Tarantino
conoce perfectamente al público al que se dirige, y sabe que todos esperamos
esos diálogos que preceden a peleas y dan paso a una violencia entre desaforada
y grotesca, y por eso trata continuamente de despistar y defraudar nuestras
expectativas, de impedir que nos adelantemos a su forma de resolver las
secuencias (algunas de ellas realmente al límite). El encuentro de Beatrix
con el hermano de Bill es un buen ejemplo: descoloca al espectador desde el
principio al no convertirse enseguida en la típica pelea salvaje al estilo de
las de la primera parte; de la misma manera que en una escena anterior una
tensa charla entre el mismo personaje y su jefe no termina como uno podría
pensar (en bronca y ensalada de golpes). Tarantino actúa rompiendo el
desarrollo previsible de la escena, complicándolo o dilatándolo, para
resolverlo de forma sorprendente y explosiva. Pero lo mejor sin duda es el
inefable final, cuando el esperadísimo enfrentamiento entre Bill y Beatrix
se resuelve con una increíble --por la postura y la situación de los
personajes-- pelea, seguida de una casi ridícula muerte, sin aspavientos,
sin prácticamente romper un plato.
Lo más curioso es que me resulta muy difícil imaginar el estilo de Tarantino
aplicado a otro género, a otros argumentos que no tengan que ver con los temas
que pueblan sus películas. No sé si un tratamiento formal semejante –-y me
refiero al pastiche, no a la violencia anecdótica-- cuadraría, por ejemplo,
a la ciencia ficción, o al cine de aventuras; no sé si tienen la suficiente
tradición como para permitir algo así. Lo bueno es que Tarantino no se plantea
romper este esquema: como buen creador, trata de profundizar en él y ver qué
sale de todo eso. Por el camino queda –-hasta ahora-- la certeza de un cineasta
completamente en forma que se recrea en todos los medios a su disposición para
rodar el cine que siempre le ha gustado, a la manera de sus clásicos personales,
aportando y exagerando -–si cabe-- sus propias señas de identidad cinematográficas.
Aun así, personalmente espero que su próxima película recupere esos guiones
endiabladamente enrevesados que han hecho de él una referencia en su género.