¿CANTO DE OSO?



HERMANO OSO
Aaron Blaise y Bob Walke
Walt Disney Productions; 2003
88 minutos

En un delicado momento de reconversión llega casi de incógnito -–sin el precedente del despliege publicitario habitual-- este Hermano oso (2003), una obra menor y de transición en lo que se supone que es la serie estrella de Disney, películas que al llegar al lanzamiento en vídeo se convierten en “clásicos Disney”, y como tales quedan etiquetados para la posteridad. En este sentido me parece que Hermano oso va a desmerecer un poco la serie. Una de las causas de esta decadencia hay que buscarla en el inexorable deterioro que ha sufrido el estilo Disney dentro del cine de animación; y lo que es peor, que su sustituto para este siglo (o para esta década por lo menos) ya está adjudicado al señor Steve Jobs. El creador de los ordenadores Apple compró a George Lucas allá por 1986 su división de efectos digitales por la ridícula cantidad de diez millones de dólares, y con ella montó su productora: Pixar. Estos estudios son los que están definiendo el nuevo estilo en lo que se refiere a imagen animada. Aunque si en eso consistiera su aportación a la animación no nos encontraríamos a Disney sumida en una situación tan delicada como la que ahora atraviesa. El problema para éstos es que Pixar, además, incorpora unos guiones impecables, la mayoría de ellos obra del principal activo de Pixar: Andrew Stanton. Sus historias –-Toy story (1995); Bichos, una aventura en miniatura (1998); Monstruos S.A. (2001); Buscando a Nemo (2003)-- no eluden ningún tabú temático (algo que le ha costado superar a Disney), y añaden un sentido del humor que tiene en cuenta a la parte adulta de la audiencia, dejando para los más pequeños la trepidante acción y el encanto de los personajes.

Hermano oso está hecha como las películas de dibujos de toda la vida: a mano; contiene su ineludible mensaje educativo –-en esta ocasión muy parecido al de El rey león (1994), sobre el ciclo de la vida, el respeto entre especies y esas cosas--; una banda sonora apreciable (nuevamente han recurrido a lo seguro: Phil Collins); unas dosis de sentido del humor (los alces tontorrones)... pero el núcleo que debe dar vida a todos estos elementos –-el guión-- no destaca por nada en especial. Hermano oso hace veinte años habría resultado rompedora y atrevida: Kenai es un muchacho que reniega de su tótem (animal protector en determinadas culturas de América) y mata a la osa que ha matado a su hermano; por ello Kenai se ve convertido él mismo en oso por el espíritu de su difunto hermano, para que cumpla penitencia por su doble pecado. Kenai se encuentra así emparejado con la cría de la osa muerta, Koda, quien acaba enterándose de que su compañero de viaje, su amigo en definitiva, es el asesino de su madre. El listón de Bambi (1942), parcialmente actualizado en El rey león, queda aquí ampliamente superado, y creo que no se pueden añadir más detalles al truculento hecho de la muerte de un padre o una madre en películas para niños.

Pero a pesar todo este detalle ya no resulta escandaloso ni nuevo; Hermano oso tiene por delante la aportación de Pixar, que se atreve con la homosexualidad, la discriminación racial, las discapacidades... y encima las trata con naturalidad, sin que se note que está intentando transmitir un mensaje educativo. Este es el punto donde toda la filosofía Disney –-trabajosamente construida y actualizada con considerable retraso respecto a la sociedad durante décadas-- se viene abajo. No es tanto un problema que otras productoras –-como la Dream Works de Spielberg-- se hayan lanzado a producir sus propios largometrajes de animación, porque los personajes clásicos de Disney siguen teniendo tirón, sino la falta de ideas y de valentía a la hora de abordarlas.

El acuerdo de coproducción y distribución firmado en 1991 por Pixar y Disney benefició sobre todo a la segunda parte contratante, puesto que se subía al carro ganador de una tecnología emergente que hasta entonces no dominaba, pero ahora que quedan dos años para que expire esa alianza estratégica Pixar ve que sus producciones superan sin dificultades el test de la audiencia, y Jobs y sus ejecutivos se plantean si no es un lastre seguir junto a Disney. Y éstos, a su vez, ante la amenaza de tener que competir con las armas de otros en el mercado, responden con el anuncio del desmantelamiento de la división de animación tradicional. Estos dos factores juntos hacen que el futuro se ensombrezca para Disney y que su próxima película deba ser, en todos los sentidos y con independencia de cómo esté dibujada, un auténtico crack al estilo de La bella y la bestia (1991), un bombazo en taquilla que les permita respirar. De lo contrario empezará una auténtica batalla por hacerse con el legado de los títulos clásicos de Disney, sin duda la parte más rentable de sus activos y la que de mejor salud goza gracias a padres e hijos de todo el mundo occidental.




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