FAHRENHEIT 9/11 Michael Moore
Miramax Films, Dog Eat Dog Films, Fellowship Adventure Group, Lions Gate
Films Inc.; 2004
122 minutos
¿Por qué tendría que ser Fahrenheit 9/11 (2004) un documental objetivo y
riguroso? ¿Por qué tendría que ser un documental? El primer principal problema
que se presenta a la hora de hablar de la película de Moore es el archirrepetido
argumento de que el documental está de moda, y que es fruto de un proceso de
maduración del público, lo cual permite una programación estable en salas
comerciales de este tipo de filmes. De modo que Fahrenheit 9/11 no viene
sino a confirmar esta tendencia al alza. Yo más bien diría que este “auge” se
debe fundamentalmente a dos factores: uno la “doble crisis del cine de ficción
y de los medios de comunicación”, como interpreta el cineasta egipcio Basel
Ramsís, y aunque la crisis del cine de ficción es algo que venimos oyendo
desde hace cincuenta años por lo menos, la de los medios de comunicación sí es
nueva e incide más directamente en este tema. Es una crisis de credibilidad y
de reacción negativa de la audiencia frente a un discurso informativo y
documental cada vez más especializado y politizado. Los reportajes de la
televisión están estereotipados, dicen muchas cosas pero siempre de la misma
forma, desde la misma perspectiva oficial, hay poco deseo de innovación. El
segundo factor es consecuencia del primero: los documentales que triunfan en
salas de cine responden a temas candentes, a preocupaciones de la calle,
tratados de forma directa, sin experimentación narrativa. Creo que esas son
las razones de la buena acogida a filmes como En construcción (2000),
La espalda del mundo (2000), Los niños de Rusia (2001), La pelota
vasca (2003) o 200 km. (2003). Sin embargo, ¿qué éxito han cosechado
documentales más elitistas como Monos como Becky (1999) o Extranjeros
de sí mismos (2000) fuera de determinados círculos? Es más, me atrevería
incluso a decir que en cuanto esos mismos temas cotidianos se envuelvan con
experimentaciones narrativas acerca de la naturaleza de la realidad y la
no-ficción, se acabó el boom del documental en salas comerciales.
El segundo principal problema es que todavía los sesudos especialistas y los
críticos de cabecera de los principales diarios creen que todo lo que no es
ficción es documental. Y si es documental y no es “objetivo” respecto a los
hechos pues sin duda es un filme osado que plantea un debate acerca de la
legitimidad de este formato cinematográfico por intentar tal herejía: ¡un
documental que no es objetivo! En este universo maniqueo especialistas y
críticos se defienden a la perfección desde hace décadas, ya que todo título
que pase por sus ojos caerá en uno u otro lado. Y si no siempre queda la
posibilidad de teorizar y adular a base de la típica ficción-que-se-adentra-en-la-realidad
y viceversa.
Pero de pronto el problema se termina en cuanto uno deja en paz la palabra
documental. El propio Moore reniega de ella en sus declaraciones: “No entiendo
la palabra documental, es un término viejo, que suena a medicina. Lo que hago
es no ficción, ensayos, como esos libros que no son novelas. Mi periodismo es
como las páginas de opinión de los periódicos: los hechos, más mi punto de
vista. Los hechos son los hechos, y las opiniones son mis opiniones [...] Amo
esta forma de arte y no quiero hacer lo mismo que hace Hollywood. Ese cine
agoniza y yo no quiero morir”. Se acabó el debate. Fahrenheit 9/11 no es
un documental, es un ensayo cinematográfico. Ahora ya podemos ver si vale la
pena como tal.
Moore se inspira claramente en el escándalo de la investigación sobre el
asesinato de Kennedy para trazar un paralelismo narrativo y formal que sitúe la
gestión del gobierno de Bush como una auténtica crisis nacional: utiliza el
mismo tipo de montaje –-esta vez sí, populista, como más de uno le acusa de ser
a veces-- que usó Oliver Stone en JFK (1991) para las imágenes de los
neoyorkinos mirando las torres incendiadas el 11-S, atónitos, llorosos,
asustados, afligidos... igual que en Dallas tras el atentado contra el
presidente; y más adelante en una escena en la que Moore señala lo cerca que
están tres edificios de Washington muy relacionados con Bush y sus empresas y
la embajada de Arabia Saudí, exactamente igual que hacía Kevin Kostner en
JFK en Nueva Orleans al referirse a instituciones supuestamente
involucradas en la investigación de la muerte de Kennedy.
La película traza una reinterpretación de los últimos tres años de EE UU en
clave crítica, desde el fraude de la noche electoral, pasando por el atentado
del 11-S y la reacción bélica en Afganistán y en Irak. El objetivo declarado
de Moore es que Bush no sea reelegido, y para ello despliega sus dotes de
investigación y de análisis mostrando el expediente militar no censurado de
Bush, o mostrando el vídeo que grabaron en la escuela donde estaba el
presidente en el momento del atentado (y que a ninguna gran cadena de televisión
se le ocurrió mostrar) en el que se ve su rostro atontado y sin incapacidad de
reacción ni resolución. El propio atentado de Nueva York lo introduce Moore
con delicadeza y originalidad: sobre una pantalla en negro sitúa el sonido
directo de los impactos de los aviones, los gritos, el llanto... luego los
transeúntes mirando hacia arriba. Ni un solo plano de los edificios en llamas.
Si eso es tratar de hacer un espectáculo con el dolor como algún crítico le acusa...
El tercio final de película, el dedicado a la guerra de Irak, es también –-aunque
quizá no sea algo explícitamente buscado-- un recorrido acerca de la secuencia
encontrada de sentimientos que experimenta un pueblo atacante en cualquier
guerra. A nadie se le ocurre cuestionar a los gobernantes que embarcaron a
EE UU en la Segunda Guerra Mundial, en cambio cuando las guerras se pierden, o
no tienen suficiente legitimidad, todo se vuelve contra el gobierno. Ahí está
la orgullosa patriota, madre de un combatiente muerto en Irak, que pasa de
proclamar con orgullo que tantos familiares suyos hayan servido en el ejército
a, en el momento de visitar Washington con Moore, descubrir que todo su odio y
su malestar en realidad no tienen que ver con esos iraquíes cuya lucha no
entiende, ni siquiera contra el absurdo del conflicto, tal y como lo plantea su
marido en un momento dado, sino contra el gobierno de Bush, por haber embarcado
a su hijo en una empresa mortal.
En este punto es donde Moore cierra el círculo de su película: cuando quienes
inicialmente apoyaban la política supuestamente patriota de Bush, se vuelven
contra él –-no porque hayan comprendido que era un engaño-- porque el conflicto
se convierte en su particular pelota iraquí y les alcanza en lo más íntimo y
doloroso: en sus familiares. No es nada nuevo, es sencillamente el itinerario
moral que hace toda población de un país que envía tropas a la guerra. Ni
siquiera nos sorprende, porque ya lo sabíamos (y el que se entere ahora es un
ingenuo), que las clases más pobres aportan la práctica totalidad de sus
efectivos al ejército; en este sentido las imágenes de los marines reclutando
en barrios empobrecidos, sus estrategias para enredar a los pardillos y su
reacción ante quienes se niegan a alistarse, sirven de prueba para los que se
niegan a creer todavía que un gobierno es capaz de actuar de una forma
tan abiertamente vergonzosa.
De los soldados estadounidenses, por su parte, aparecen sólo niñatos que no
entienden nada, que les encanta la acción de los primeros días porque se parece
a la que han visto en las películas de Hollywood, después se van acojonando a
medida que la resistencia y la amenaza son mayores de lo que les habían
profetizado sus superiores. Y finalmente desembocan en el desencanto y la
crítica abierta ante la injusticia y la incomprensión de un conflicto que
amenaza con devorarlos. Son pobres desgraciados que pensaron alguna vez que
el ejército les iba a solucionar sus problemas. Espero que a partir de ahora
pasen esta película en los institutos de secundaria y a los jóvenes se les quiten
las ganas de alistarse.
Por suerte en EE UU existe una potente sociedad civil capaz de tolerar
retratos tan críticos y sangrantes como el de Moore, y aunque es lógico que
haya quien se indigne, una gran compañía como Miramax no renuncia (aunque
sea por las perspectivas de beneficio económico, todo hay que decirlo) a
financiar un filme hecho tan a la contra como este. Algo parecido me preguntaba
hace unos meses con motivo del estreno de La pelota
vasca (2003), sobre algunas desaforadas reacciones acerca de su contenido y su
tratamiento del problema vasco: ¿se aceptaría en España una sátira sobre un
presidente del gobierno tan dura y directa? Estoy convencido de que más de
uno vería en un filme así poco menos que el apocalipsis del arte y de la
información en este país... Y si no ahí está el tratamiento que recibió
Hay motivo (2004), el conjunto de cortometrajes que ridiculizaban
la gestión de la etapa de Aznar como presidente y que llegó a emitirse en
televisiones locales en una situación tan políticamente sensible como las elecciones
generales de marzo de 2004.
Uso de música rock como banda sonora, montaje rápido, tono coloquial,
razonamientos sencillos y de sentido común, contrastación de datos, evidencias
visuales y testimonios hábilmente intercalados, sentido del humor, crítica al
poder... estos son los secretos del éxito de Moore. El que se niegue a ver en
este cóctel un recurso impecable de crítica y de análisis es que vive en otro
planeta, porque Fahrenheit 9/11 es una visión personal de los EE UU de
comienzos del siglo XXI. ¿Y acaso no leemos textos tanto o más personales en
las páginas de opinión de los periódicos?