El cine, por mucho que se especule sobre su declive como medio generador de influencias, ha vuelto a demostrar que tiene un poder de penetración incomparable en la opinión pública. Tanto la gestación como el estreno de la esperada versión de El Código Da Vinci han hecho correr océanos de tinta, levantado ampollas y desantado acaloradas reacciones en una interminable polémica que, por cierto, ha tenido mucho de artificiosa. Así, y a pesar de que la novela de Dan Brown va ya por los 50 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, el caso del último megaproyecto de Hollywood insiste en demostrarnos que el cine genera atenciones y recelos a los que no puede alcanzar ni la literatura de consumo más comercial.
Prefiero no entrar en la cuestión sociológica y promocional que ha rodeado su desembarco en las pantallas de medio planeta y centrarme exclusivamente en los aspectos estéticos y narrativos, por mucho que aquéllos sean infinitamente más importantes para los fabricantes del producto. Porque eso es, en resumidas cuentas, El Código Da Vinci: una mercancía oportunista que ha sabido conectar con una audiencia –tanto la cinematográfica como la literaria– que vive tiempos de desasosiego espiritual en un entorno en el que apenas quedan más referentes que los que la moda impone.
Robert Langdon es el protagonista del embrollo dramático que el realizador Ron Howard lleva a la pantalla con vocación de enfático ilustrador del bestseller de Brown. Langdon es un experto en simbología que se encuentra en París pronunciando unas conferencias. Durante su estancia, aparece asesinado el conservador del museo del Louvre que, antes de morir, deja unas enigmáticas pistas al profesor. Por el lugar de los hechos aparece Sophie, una agente de policía que le convence para que huya y que, además, resulta ser la nieta del finado. Juntos recorren un laberinto de indicios y enigmas mientras son perseguidos por los agentes del orden y por un monje albino reclutado por el Opus Dei, que anda también tras la caza de un gran tesoro: el Santo Grial, convertido en esta ocasión en el sepulcro de María Magdalena y prueba fehaciente de que la historia oficial del cristianismo ha sido una interesada falacia.
El relato arranca con un montaje en paralelo que convierte el detonante en un disparate absolutamente inverosímil. Mientras Silas comete su asesinato en la pinacoteca, Langdon imparte lecciones magistrales y firma libros a centenares de seguidores. Por mucho que los investigadores del caso sospechen de él, la rotundidad de su coartada impide asimilar que el prestigioso intelectual huya en compañía de quien es una joven desconocida que, además, le advierte de que su jefe puede “mantenerle encerrado durante meses”. Así, sin más, como si Francia fuera una república bananera regida por un estado policial.
Valga esta puntada con la que comienza el interminable viaje para advertir del escaso rigor narrativo que, sin duda, viene desde la versión impresa. En general, la conversión de materiales literarios mediocres en ejemplares películas es una práctica casi imposible que exige un reciclaje audiovisual como el practicado en buena parte de la obra de Hitchcock. Y, desde luego, Ron Howard, director del sistema al que el concepto de artesano le queda holgado, está a años luz del maestro británico.
No extraña, pues, que su caligráfica adaptación duplique, e incluso empeore, las graves deficiencias de la polémica novela. En la gran pantalla, el protagonista es tan insulso, impersonal y aburrido como en aquélla, y su arco como personaje es igual de inexistente, a pesar de haber descubierto uno de los grandes secretos de la humanidad junto a la mismísima heredera de Jesucristo. Porque, en general, los cimientos, las soluciones y los giros de la trama son tan infantiles y gratuitos en imágenes como en la letra impresa.
Además, Howard confunde el ritmo con las prisas, la economía con el brochazo y el misterio con la acumulación de pistas. El metraje va acelerado en su intrascendente exhibición de unos fotogramas que parecen no llegar nunca a su destino. Unos fotogramas, por otro lado, tan cristalinos que parecen un libro de instrucciones para espectadores incapaces de descifrar el sentido de una imagen. Por eso, el realizador plaga de flashbacks ilustrativos y simplones su relato mientras los personajes no dejan de enunciar en alta voz unos diálogos redundantes y excesivamente literarios. Como resultado, la película roza lo grotesco en numerosas ocasiones en que la palabra escuchada se revela totalmente esclava de la palabra escrita, sonando afectada e irrisoria a los oídos de quien decida prestarles una mediana atención.
La precipitada levedad del guión y de la puesta en escena tiene su correspondiente reflejo en el trabajo anodino e insustancial de los actores. Hubiera sido milagroso que algún intérprete hubiera convertido a Robert Langdon en un personaje medianamente interesante, pero la expresividad de Tom Hanks es tan vacía como el resto de la obra. Otro tanto de lo mismo cabe decir de sus compañeros de reparto, que lidian voluntariosamente con una galería de seres tópicos, excesivos o marcianos, según los casos. Aunque puede que nada de ello interese a los responsables de un proyecto que aprovecha el poder mediático del cine para rentabilizar estériles polémicas sin que el rigor estético importe lo más mínimo.