No sé bien qué tipo de película es La verdad oculta. Entiendo que se trata de un drama que reflexiona sobre la locura y sobre la confianza en las relaciones humanas. Lo hace, además, desde una trama que tiene que ver con las matemáticas y con la inteligencia de quienes se dedican a su estudio e investigación. También entiendo que el sentido de la identidad y que la incomprensión con que el entorno castiga a los genios solitarios, entendida como un peaje a pagar por la bendición de unas dotes intelectuales prodigiosas, tienen una gran importancia. Pero sigo sin saber bien qué clase de obra ha hecho John Madden. Así que prefiero empezar subrayando su naturaleza difícilmente clasificable, detalle apriorístico que nada dice sobre las bondades o deficiencias de una obra artística, aunque sí sobre el hecho de que, al menos, merezca un cierto interés.
El relato gira en torno a Catherine (Gwyneth Paltrow), una inestable joven que acaba de perder a su padre Robert (Anthony Hopkins), un brillante matemático de la Universidad de Chicago que padeció durante sus últimos años una devastadora enfermedad psiquiátrica. Tras el fallecimiento, el discípulo más aventajado del maestro bucea entre el mar de cuadernos que ha dejado su mentor. Hal (Jake Gyllenhaal), que así se llama el pujante doctorando, accede un día a un descubrimiento revolucionario del que Catherine asegura ser autora. Y en ese momento, la narración especula con la verdad de los hechos, sembrando la duda sobre si la joven ha heredado de su progenitor sus dotes matemáticas, la locura o ambas cosas.
Con este material, hay que advertir que la historia se demora en su arranque y se detona demasiado tarde. El relato dilapida largos minutos en presentar tanto a los personajes como la peculiar atmósfera que los va a envolver. Y, posteriormente, también avanza con morosidad –si es que realmente avanza– en su desarrollo y desenlace. De lo cual se deduce, claro está, que no se trata tanto de una película de mucha acción dramática como de muchos conflictos interiores y de relación entre los personajes.
Puede que la razón de la espesura narrativa de La verdad oculta radique en su procedencia teatral, aunque el texto haya sido adaptado por David Auburn, autor de la exitosa pieza original. Sin embargo, tanto las soluciones de guión como de puesta en escena son insuficientes para bañar al filme en aguas muy fílmicas. Madden, además de mover mucho la cámara de forma innecesaria, huye del orden lineal y cuenta los hechos en dos tiempos como estrategia para mantener la atención del espectador en la resolución del gran misterio que cose la obra: ¿es Catherine una chica desequilibrada que confunde la realidad o una prodigiosa científica?
El planteamiento recuerda sin duda al de Una mente maravillosa, pero aquí se aprecia una mayor sobriedad y profundización en los demonios íntimos de la protagonista. Es en este plano, además, en el que se localiza la parte más atractiva de la película gracias, sobre todo, al trabajo de Gwynelth Paltrow, una de esas actrices jóvenes que han sabido llevar el peso del estrellato con una dignidad encomiable. De hecho, sale bien librada de su encuentro con Anthony Hopkins –en un papel secundario–, una extraña pareja que vuela muy por encima de la insulsez del sobrevalorado Jake Gyllenhaal.
Tampoco destaca especialmente la labor en la realización de Madden, el oscarizado director de Shakespeare enamorado que, después de saborear las mieles de un éxito efímero, se adentró en la producción de títulos tan prescindibles como Equipo a la fuerza y La mandolina del capitán Corelli. Hay que agradecerle que en La verdad oculta se aprecie una búsqueda de territorios más fértiles, pero los resultados no dejan de tener poco empaque visual y demasiadas oquedades en la sustancia narrativa de la que se alimenta el filme. Un filme que desconcierta demasiado y que interesa más que enamora.