Los tiempos que corren y las leyes que los guían nos sitúan en un estado de sospecha permanente con la cosa del cine. Un suponer: cabe esperar de los remakes de los clásicos americanos ejercicios vacuos e inanes que recuperen en taquilla lo que se pierde en la herencia artística. Muchos han sido los ejemplos de comedias o dramas de diseño que pervertían los originales hasta desnudarlos de todo aquello que en su día trascendió a la mera operación mercantil. Así, el talento, la magia, el encanto o la sutileza, todo lo que hizo del cine clásico americano la más gloriosa etapa artística de una materia sometida a una inteligente explotación comercial, se nos hurta hoy en la gran pantalla con blasfemia incluida dada la obligatoria comparación con el referente.
Cabía aguardar, pues, de esta versión de la encantadora Charada de Stanley Donen una estúpida y hueca actualización, pero el realizador Jonathan Demme ha optado por un sorprendente experimento ultramoderno. No sé bien qué es peor. De hecho no logro explicarme las razones por las que el cineasta ha decidido bañarse en las sofisticadas aguas de la película de Donen para reclamar su rato de gloria vanguardista. Y no me doy explicación porque la materia argumental, los personajes, los hechos de la trama, los diálogos, casi todos los elementos que configuran la expresión narrativa, aparecen en La verdad sobre Charlie como meras excusas y cooperadores necesarios para la exhibición de un lenguaje que se quiere cine de autor y se queda en mortecino aturdimiento.
La historia de una joven que enviuda a los pocos meses de casada y que se ve envuelta en una tupida red de secretos, persecuciones, delitos, engaños y traiciones es una simple coartada para que Demme rinda tributo a sus fetiches culturales. La película se convierte pronto en una demostración de las elevadas referencias cinematográficas y musicales de un autor que va dejando pistas para cinéfilos entrenados que disfrutan cazando guiños. Un poquito de nouvelle vague por aquí y un poquito de Orson Welles por allá. Paseos en coche por París presentados con un montaje discontinuo, encuadres asimétricos, contrapicados violentos y desequilibrados, cambios en las texturas de la imagen y un largo etcétera modernista van saturando la retina del espectador hasta dejarle agotado.
No hay posibilidad de suspense o de empatía en La verdad sobre Charlie porque a su creador sólo le mueve la instauración de una especie de tiranía de la imagen. Cualquier idea o noción se hace visible en la pantalla. Las evocaciones y los recuerdos aparecen en continuos insertos y nada queda a la imaginación o a la actividad creativa del espectador. A éste sólo le corresponde la misión de convertirse en receptáculo de los impactos icónicos y sonoros de una cinta saturada, además, de una banda sonora que cuenta con más de cincuenta canciones seleccionadas con gran criterio musical pero introducidas en el filme con discutible gusto fílmico. Y como, por otra parte, nada de lo presentado y representado en este universo es nuevo ni siquiera sobrevive el margen para el aplauso a la originalidad.
Huelga subrayar también la ausencia de actores que estén a la fascinante altura de Cary Grant, Audrey Hepburn y Walter Matthau. De hecho parece que a Demme le importa muy poco la faceta interpretativa porque sólo le interesa escribir su particular carta de admiración al cine europeo y a la ciudad del amor por excelencia. Pero los renglones le han salido torcidos, las metáforas ruidosas y el estilo pretencioso. Casi hubiera sido preferible la intrascendente versión de turno, comercial y tonta, que esta elevada reflexión metalingüística tan sorprendente como elitista e incapaz.