Woody Allen es un caso insólito. Lo es por muchas razones: nadie exorciza sus miedos, fantasmas y miserias de forma tan descarada; nadie se ríe de sí mismo con semejante crueldad; nadie -o casi nadie- dispersa su creatividad de manera tan intensa en películas, obras de teatro, relatos breves, conciertos de clarinete... Pero, sobre todo, no recuerdo un solo caso de alguien que haya superado la treintena de largometrajes en las últimas tres décadas de cine americano, período tan complicado en la industria yanqui, tan siniestro para los autores de verdad, tan dominados por un capital timorato, conservador y alejado de los intereses artísticos.
Y Woody, el bueno de Woody, ha lidiado en la peor época con un arrojo encomiable. Ha pasado las de Caín, su cine ha sido subvalorado por el público y buena parte de la crítica de su país, sus posibilidades económicas se han visto mermadas hasta ponerse en manos de la Dreamworks del fenicio Steven Spielberg. Y eso por no hablar de sus problemas personales. En fin, que las duras condiciones de su medio ambiente natural deberían haberle llevado a tirar la toalla como un boxeador cansado de lanzar ganchos al aire. Pues nada de eso.
Woody sigue en pie de guerra. Todo lo demás, su penúltimo ejercicio cómico, lo demuestra. Como en otras de sus obras más recientes ( Balas sobre Broadway o Celebrity ) ha creado un trasunto joven de sí mismo en el que mostrar su bien conocida personalidad. Jason Biggs encarna a un escritor de comedias divorciado a sus veinte años y en permanente crisis emocional con su insegura novia. La relación es sencillamente demencial y en nada ayudan los consejos de su maduro mentor, interpretado por el propio Allen.
Pues bien, en el personaje que encarna Woody está lo mejor del filme. Un profesor desquiciado de escuela pública que todavía sueña con triunfar en Hollywood, profundamente misógino, obsesionado con el ataque como mejor defensa y armado hasta los dientes llena la trama de momentos excepcionales. Porque, digámoslo de una vez, Todo lo demás pertenece a ese Allen menor que viene desde la obra maestra Desmontando a Harry en adelante. Aunque, claro, un Allen menor es infinitamente mayor que la práctica totalidad del cine americano que puebla las pantallas del mundo entero.
Ese es el principal pero que se le puede poner a la película de Woody. El guión es francamente irregular, el montaje final tiene visibles cojeras y los actores jóvenes no se apellidan ni Farrow, ni Keaton, ni Alda, ni Cusack ni nada parecido. Jason Biggs y Christina Ricci hacen lo que pueden y no lo hacen del todo mal. Pero el nivel interpretativo de la filmografía del judío universal es deslumbrante y está plagada de trabajos memorables, tiernos y emocionantes, puras elevaciones del oficio de actor a la categoría de arte sagrado.
Porque, en general, los últimos estrenos de Woody tienen el problema del retrovisor que devuelve la mirada hacia su cegadora. Pero, como el futbolista genial que sólo aparece en dos ocasiones o el torero artista que resuelve la faena con un par de lances imposibles, Allen nunca falla. Todo lo demás contiene al menos media docena de chispazos verbales y visuales que devuelven el precio de la entrada. Los encuentros en Central Park del joven discípulo y el cínico maestro son momentos notables de comedia de altura, descritos con gracia y dialogados con la inteligencia en la palabra dicha que ha convertido al cineasta en un genio indiscutible. Se le podría pedir más, los cielos de Manhattan, la originalidad de La rosa púrpura del Cairo o la solidez narrativa de Hannah y sus hermanas . Pero un vistazo atento al resto de la cartelera basta para perdonarle sus evidentes pecados a Todo lo demás . Y, de paso, empezamos a contar los días hasta que llegue el próximo estreno de ese vigoroso, entusiasta y trabajador artista que se llama Woody Allen.