Es la tercera y, por lo que sugieren sus responsables, lo que te rondaré morena. Nada hay más conservador que el éxito, así que no es de extrañar que la gallina siga poniendo huevos de oro hasta que todos quedemos bien empachados. Da igual que la saga degenere, que sus autores se tomen cada vez menos molestias para ser imaginativos e, incluso, que se desvíen por todos los atajos que les venga en gana para resolver sus dilemas creativos. La pasta manda. Y como lo más que le exigimos a las películas es que nos hagan “pasar el rato”, asunto arreglado.
Lo que más me molesta de productos tan megalómanos como Spider-Man 3 es lo serio que parecen tomarse a sí mismos. Como si necesitaran desesperadamente un toque de prestigio intelectual o filosófico, sus lanzamientos se adornan con toda suerte de tontas apelaciones a la naturaleza humana, al lado siniestro del alma o a la ambigüedad moral. Cuestiones que después se cuelan en la pantalla con un trazo grueso que parece hecho a la medida de un público párvulo.
Me niego a resumir el argumento de la entrega que, de momento, completa el millonario trébol. Tiene demasiados personajes, líneas de acción y afluentes narrativos de los que, por cierto, ignoro su sentido. Los malos son buenos en el fondo. Los buenos tienen un lado malo. Todo cambia por la jeta cuando lo requieren los 140 minutos de cansino metraje que dura el asunto, torpemente cosido pero urdido con la habilidad tecnológica precisa para conseguir el aturdimiento fascinado de quien lo contempla.
Así, entre pirueta y pirueta, va discurriendo un relato contradictorio y simplista que quiere investirse de un sentido de la trascendencia del que carece por completo. Su estructura, acumulativa y resquebrajada, es una rémora. Sus diálogos resultan grotescos de tan obvios. Y sus intérpretes acaban cargando como consecuencia del mismo sentido del exceso que envuelve al conjunto. Puede que muchos echen el rato con Spider-Man 3 pero, desde luego, existen pasatiempos más dignos que otros.