Los logotipos de casi todas las televisiones autonómicas que operan en España aparecen en los títulos de créditos de Un rey en La Habana. Puede que esa sea la imagen más funesta de cuantas componen esta película, o lo que sea. Y la competencia es ciertamente dura. Cada minuto de metraje de este funesto remedo de cine es un castigo para la inteligencia de quien posea un mínimo de criterio fílmico. Porque existen varias cuestiones de partida que debemos formularnos: ¿Quién decide en las televisiones los proyectos que merecen la inversión que marca la ley? ¿Con qué argumentos adoptan sus decisiones? ¿Qué formación poseen? ¿Han visto más de dos películas en su vida? ¿Saben qué es un guión? ¿Los leen? ¿Saben leer?
Sí, puede que estas líneas parezcan un hiperbólico desahogo de un crítico frustrado, pero sinceramente creo que la parte de financiación de Un rey en La Habana que procede de las empresas televisivas nos pone tras la pista de una realidad terrorífica. Varios de los cimientos más importantes de nuestra industria, o lo que sea, están podridos. Las decisiones de producción, y algunas afectan a los caudales públicos, se toman con la única base de la ignorancia más abismal. Y así nos luce el pelo.
Porque Un rey en La Habana jamás debería haberse financiado con un solo euro que procediera –directa o indirectamente– del bolsillo de quienes pagamos impuestos. La somera lectura de su guión debería haber conducido a una negativa rotunda ante la falta de sustancia dramática, estructura, coherencia, continuidad y demás elementos que se le deben exigir a cualquier relato audiovisual. Y eso por no hablar de construcción de personajes y de elaboración de diálogos.
Alexis Valdés, conocido cómico de la pequeña pantalla, dirige, escribe, produce, protagoniza y colabora con la banda sonora de tan espeluznante obra. La cosa va de un pícaro cubano que viaja a España para pegar un pelotazo que arregle su vida y la de la amada que ha dejado en la isla caribeña. En tierras de Cervantes –y nunca mejor dicho porque la acción transcurre en Alcalá de Henares– se ve envuelto en una trama de delincuencia que le suponen toda suerte de peligros.
La única actividad intelectual que genera Un rey en La Habana consiste en decidir si la película está peor dirigida, escrita, producida o interpretada. La decisión no es nada fácil. Puedo imaginarme a alguien en una sala de montaje intentando ocultar en la medida de lo posible los desaguisados de una planificación lastimosa. Menos remedio tiene lo del guión, porque los problemas ya vienen de mucho antes. Y lo de los actores, celebración del exceso gestual más cargante, termina siendo la guinda a un pastel tosco y lleno de grumos.
Porque todo responde a un trazo grueso y toscamente paródico que apenas puede soportarse. Los fotogramas del filme están bañados en un aroma a improvisación, gratuidad y falta de profesionalidad impropio de una cinematografía que se pretenda medianamente seria. Aunque me malicio que la seriedad no es virtud de la que puedan presumir muchos de los que deciden qué se rueda y cuándo en este país.