Cada vez hay más gente que afirma sin complejos que no va al cine a que le hagan pensar. Según una lógica inculcada a fuego en el subconsciente de los espectadores, el otrora séptimo arte es ante todo un medio de evasión que debe distraer superficialmente a quien entrega su mirada a la gran pantalla. Cualquier otra cosa, se inscriba en los parajes de la denuncia social, la reflexión, el cuestionamiento del mundo en que vivimos o la experimentación es un ejercicio para esnobs que, estreñidos y aburridos, gozan cuanto más moldavos y modernos sean los jóvenes realizadores a los que la filmoteca de turno dedica su minoritario ciclo. Tal y como está la situación, hasta la simple delicadeza en las formas es sospechosa. Por eso abundan las películas toscas, evidentes y agitadas, nacidas para que las palomitas y el refresco de grifo entren mejor.
Hoy me ha dado por filosofar, ya ven, pero la cosa viene a cuento. Deseoso de encarar un filme de los que hacen pensar le he dedicado mi tiempo de la semana a ¿¡Y tú qué sabes!?, un extraño experimento que mezcla la ficción con el documental para plantear los grandes enigmas de la existencia. La verdad es que tiene más de lo segundo y que el intento por hacer comprensibles sus planteamientos científicos con una historia de una fotógrafa herida emocionalmente resulta francamente fallido, cuando no grotesco, en más de un pasaje.
Sin embargo, hay algo en este irregular juego que estimula e invita a la reflexión. Una serie de teólogos, investigadores y expertos en física cuántica cuentan con contagiosa pasión algunos de los caminos explorados en cada una de sus disciplinas. Como conclusión, queda la idea de que la realidad no es nada externo sino una recreación que está en nosotros mismos y sobre la que pueden influir nuestros pensamientos, entre otras interesantes cuestiones. Cierto es que quizás su destino natural debiera haber sido la pequeña pantalla, pero ¿¡Y tú qué sabes!? al menos es un voluntarioso intento por sacarnos de la dictadura del espectáculo iletrado.