Ya hace tiempo que las grandes
producciones de Hollywood
aplican estrategias infames para
maximizar sus beneficios con
el amable consentimiento del
público. Amén de colonizar las
carteleras con un número sideral
de copias, los dueños del cotarro
ruedan dos largometrajes al
mismo tiempo para fabricar
sendos estrenos que dupliquen sus
fastuosos ingresos. Lo de menos es
si cuentan con suficiente material
dramático, tal y como dejaron
de manifiesto las impresentables
continuaciones de
Matrix.
Piratas del
Caribe: el cofre del
hombre muerto,
al igual que aquel
dislate futurista,
demuestra que
a los traficantes
del celuloide
espectacular les importa mucho
más el timo que la trama. Ésta,
de hecho, apenas existe. El relato
es una mera excusa que acumula
metraje irrelevante y que intenta
disimular su vacío narrativo con
toda suerte de piruetas visuales.
Pero no cuela. Cualquier
espectador un poco entrenado y
reflexivo se percata de que en sus
primeros cuarenta minutos no
ocurre absolutamente nada. Los
personajes entran y salen sin fijar
una línea de acción delimitada y,
en general, resultan clamorosos
los problemas
de estructura de
una narración
que no tiene ni
protagonistas,
ni focalización,
ni un esqueleto
que se sostenga
medianamente.
La arritmia del filme es galopante porque se
trata de un chicle sin sustancia
que se estira hasta lo imposible.
Y todo para generar la ilusión
de que es necesaria una tercera
entrega cuando del caudal
narrativo de esta segunda no
debería haber salido ni medio
cortometraje.
La operación comercial
conseguirá un gran éxito, pero
en lo artístico nos encontramos
ante una tomadura de pelo. De
poco sirven los trucos populistas
en forma de eficaces gags y de
escenas que parecen atracciones
de parque temático. El ruido
audiovisual no oculta las miserias
de una obra que introduce toda
suerte de personajes y de hechos
absolutamente inútiles con elúnico fin de dejar el asunto
abierto para que el personal
vuelva a pasar por caja. Y lo harán
a cambio de más engaño y de
ninguna esencia.