Algunas historias se repiten sin cesar. Los amores entorpecidos por una sociedad hipócrita y clasista plagan los relatos de todos los tiempos, sean literarios, orales o cinematográficos. Es más, a las jovencitas soñadoras y románticas, castradas emocionalmente por su origen humilde, las hemos visto mil y una veces en la gran pantalla. Pues ya son mil dos.
Orgullo y prejuicio adapta una obra literaria de Jane Austen, a quien se ha llevado anteriormente al cine en títulos como Sentido y sensibilidad. La última versión iluminada explora los recovecos de una sociedad que institucionalizó la hipocresía como elegante estilo de vida. Nada, o casi nada, parece decirse explícitamente en esta narración sobre unas hermanitas a las que su madre quiere colocar con cualquier marido de cierto postín. De tal modo que las divagaciones se exponen de forma sugerida o indirecta y eso, en mi opinión, le otorga bastante frescura a la obra.
Cierto es, por el contrario, que el filme abusa de las casualidades previsibles y de los caminos estancados. En el fondo, poco hay de sorprendente, de original o de novedoso en un filme sin el que el arte cinematográfico podría pasarse sin ningún problema. Pero los chispeantes diálogos y la agilidad con la que, por momentos, se comporta la cámara, la salvan de convertirse en un tostón insufrible.
También la salvan algunos de sus intérpretes. Donald Sutherland, el padre escéptico, derrocha personalidad. Brenda Blethyn, la mamá histérica, regala un arriesgado sentido de la comedia al límite. Y Keira Knightley, directamente, devora la cámara y llena la pantalla de calidez, socarronería e inteligencia. Tiene algo especial esta chica, algo misterio y sensual, tan peligroso como sereno. Si la implacable voracidad del Hollywood comercial no puede con ella, hay actriz para rato… aunque sea en películas tan poco perdurables como ésta.