Da la sensación, sí, de que la selecta tropa que protagoniza Ocean's Twelve se lo ha pasado de miedo haciendo la película. Se ha repetido con insistencia: nos encontramos ante uno de esos proyectos fílmicos en los que una química especial se apodera de la gran pantalla, convertida en un lienzo que nos ilumina con lo que el séptimo arte tiene de fascinante gracias a los actores.
No seré yo quien se niegue a apuestas comerciales de este tenor. Es más, la aparición del Rat Pack (los Sinatra y compañía) en La cuadrilla de los once, e incluso su remake, Ocean's Eleven, hermana mayor de esta segunda entrega, poseían sin duda todo el encanto que llega a irradiar un equipo de superestrellas bien avenidas.
Pero la galáctica acumulación de talentos –como en ocasiones nos ha recordado el universo futbolístico- no garantiza siempre el éxito en un sentido estético. Así sucede con Ocean's Twelve. No ha perdido, en comparación con su predecesora, ese aire sofisticado que acompaña a gente tan guapa, tan magnética y tan enrollada. Pero la secuela, a la vista del resultado final, resulta ciertamente prescindible.
No era necesario, salvo por razones exclusivamente pecuniarias, montar otro sarao de tan altos vuelos para vendernos una historia que padece graves taras. Para empezar, el relato arranca con el timado Benedict de la primera entrega –el empresario de Las Vegas encarnado por Andy García-, que exige la devolución de la pasta a cada uno de los elegantes ladrones que se la levantaron. Éstos asumen sin rechistar la amenaza y se embarcan, sin titubeos, en la peligrosa misión de restituir la deuda cometiendo más robos.
El detonante que justifica la reunión de los “once de Ocean” es, a la vista de quien esto suscribe, tan débil como muchas otras aristas del filme. Hay detalles no del todo amarrados, excesos en un guión que reclama demasiada fe del espectador y resoluciones previsibles de una trama articulada mediante un inoperativo sistema de acumulación.
Y es que apenas hay una función sólida para cada uno de los personajes que superpueblan Ocean's Twelve. El rol que ocupan algunos de ellos es tan episódico que parece como si sólo asomaran la jeta para completar la mágica cifra del título. Y cuando emerge la figura del ladrón francés que desafía la capacidad de Ocean, el potaje narrativo ya ha empachado el voraz apetito de quien mira desde la butaca.
Ese perfil anecdótico que percibo en la trama principal se manifiesta en el tono cómico que, en ocasiones, se cuela con calzador en la columna vertebral del filme. No está mal que Julia Roberts interprete a una ladrona que se hace pasar por Julia Roberts, o que Bruce Willis se marque una aparición haciendo de sí mismo. Pero el recurso llena un hueco demasiado hondo como para que el chiste ocupe la profunda oquedad del armazón. Y así sucede con otros golpes supuestamente humorísticos.
Dicho todo esto, reconozco varios aciertos o motivos para el placer cinéfilo en este juego que organiza visualmente Steven Soderbergh. En lo formal, el realizador americano confirma un oficio indiscutible, que viene dado por el recorrido de un espectro que va desde la refrescante Sexo, mentiras y cintas de vídeo hasta la insoportable Solaris. Su camino artístico es irregular, pero su vocación como cineasta ha tocado tantos palos con tal aplomo –desde la visceral Erin Brockovich hasta la magnífica Traffic- que la versatilidad es, sin duda, su mejor aliada. Versatilidad visual, sobre todo. Porque Soderbergh rueda ejemplarmente, tiene un sentido envidiable del ritmo, maneja la cámara con conocimiento del pasado e intuición de ilusionista de las imágenes en movimiento. El portentoso escenario que ponen ante la lente las calles de Roma, Ámsterdam o Londres redondea el seductor rostro de la criatura.
Y así, gracias a la sabia planificación de su director, las dos horas de metraje de Ocean's Twelve pasan ágilmente. La apariencia setentera, los cambios en la textura y en el color de la imagen, los perceptibles zooms y el trasfondo temático completan el atractivo de una película de la que sólo queda su aroma, nostálgico y evocador. El sabor y la sustancia caen, sin embargo y por desgracia, muy pronto en el olvido.