Aunque mi catódico vecino de página ya me imagina en la pequeña pantalla opinando sobre el último modelito de Terelu, yo sigo rastreando por las salas algún signo de confianza en este arte al que amo y que se llama cine. Y esta semana me he topado con una agradable sorpresa: la ópera prima de alguien que no apuesta a lo de siempre y que propone una película que, sin ser majestuosa, devuelve el precio de la entrada de manera más que suficiente.
El debutante se llama Jorge Sánchez-Cabezudo y su película, La noche de los girasoles. Se trata de un thriller rural –rodado en parajes castellanos– que entrecruza personajes en varios episodios y que mantiene la tensión en buena parte de su metraje. Todo comienza con el intento de agresión a una joven, continúa con los antecedentes del suceso y concluye con las funestas consecuencias que la semilla de la violencia engendra. Siento no ser más preciso, pero le haría un flaco favor al relato si desvelo su argumento.
Aunque la narración decae en algunos pasajes, la verdad es que Sánchez-Cabezudo plantea su historia con envidiable pulso y asume riesgos impropios de quien se lanza a la aventura de dirigir películas en una industria anodina como la nuestra. Destaca, además, en su forma de plasmar una violencia seca y parca, de escasas palabras, muy castellana. Para lograrlo se vale de escenarios serranos y agrestes que potencian visualmente un discurso que no se abandona a retóricas estériles.
Las piezas acaban encajando en un puzzle que destapa los pactos de silencio que en ocasiones sirven de campo abonado para el esparcimiento de conductas violentas. Eso le suma un aire trágico al conjunto que se da por bienvenido y que amplifica las capas de lectura de una obra que, sobre todo, consigue que el espectador pase el rato con una sucesión de fotogramas sumamente digna. Por eso, los titubeos propios del primer largometraje quedan maquillados en un nivel general más que sugestivo.