El nacimiento de Matrix, allá cuando el siglo XX agotaba sus últimos alientos, puso de acuerdo a intelectuales, críticos del ramo, cinéfilos de variado pelaje y público en general: el cine del inminente futuro sería distinto. Los cambios estructurales del medio, dicho sea de paso, estaban más anunciados que la coca-cola. Las transformaciones económicas, tecnológicas, mediáticas e ideológicas venían de lejos y conducían sin duda a un mundo nuevo en el que el pensamiento único, globalizador y castrante se inocularía eficazmente en las sociedades gracias a un lenguaje y una estética cautivadora. Y Matrix ponía el dedo en una llaga que, metidos ya en el siglo XXI, crece en progresión geométrica.
Aquella creación de los hermanos Wachowski jugaba a denunciar el mundo de ficciones realistas en el que sobrevivimos retroalimentándolo descaradamente. En esa crematística y peligrosa labor siguen los dos hermanitos, falsos profetas de la libertad individual, hábiles comerciantes que juegan con los sofisticados mecanismos del marketing y la seducción mediática para demostrar que su discurso es más que cierto. Y, ya que están, le meten mano al sistema para dar un envidiable pelotazo que no debería engañar a ninguna mente aplicada.
Durante la salvaje promoción de Matrix Reloaded siguen vendiendo la idea de que su criatura es un sesudo tratado intelectual articulado sobre hondas reflexiones en torno a la religión, la espiritualidad, la filosofía, la metafísica, los mitos y un largo y muy elevado etc. Pero, además, y más listos que nadie, los Wachowski dan rienda suelta a sus instintos filosóficos invirtiendo altas dosis de capital e ingenio técnico en efectos especiales revolucionarios, en explosiones espectaculares y en secuencias imposibles rodadas con adrenalina desatada por si el mensaje le resulta demasiado oscuro a algún palomitero del planeta.
Como cabía esperar después de aquel primer videojuego hueco y tontorrón, Matrix Reloaded profundiza en la pseudo teología a golpe de estruendo. Ahora toca salvar un lugar llamado Sión que está habitado por seres humanos libres e irreductibles. Para conseguirlo, ese chaval superdotado llamado Neo (alias “El Elegido”), vestido con sotana y gafas de sol, debe penetrar en Matrix para acabar con la dictadura de las máquinas que lo tiene todo programado y bajo control en un aparente mundo feliz. En su heroica misión recibe la ayuda de Morfeo, el gran profeta de la causa, y de Trinity, la enamorada fémina que cierra la muy santa trinidad. Por el camino, naturalmente, aparecen varios personajes con nombres míticos (Perséfone o Niove) para que permanezca cristalino el nivel intelectual del invento. Finalmente, la fórmula se sazona con coreografías de lucha oriental, ralentizaciones fotografiadas virtualmente y mucho código binario que pasa por sintético -los ordenadores cada vez dan para más- y el plato se sirve para que todo el mundo lo devore como si fuera un manjar de los dioses.
Pero Matrix Reloaded es una película torpe, pueril, ingenua, por momentos ridícula y, desde luego, hueca. El ruido que la inunda no impide que se vea y escuche un producto deficitario narrativamente por mucho que su textura tenga un acabado impecable. El guión es débil porque los impactantes efectos constituyen el fin y no el medio. Sirven de herramientas los personajes, los seres que habitan la ficción con una presencia infantil y con unos diálogos que hablan de determinismo, de libertad y de dominio con pose afectada e inverosímil.
En su presunta defensa de la humanidad Matrix Reloaded se deja por el camino a los seres humanos. Ninguno fascina, cautiva o logra empatizar con el espectador porque su diseño es epidérmico. Por eso, y porque la película sólo invita a sorprendernos con sus vibrantes artilugios y con su sudor a raudales, importa poco el riesgo que asumen los héroes, la muerte de alguno de ellos y la resurrección que regala el bueno de Neo en el romántico y abierto final. En la próxima, que se anuncia para noviembre, no hará falta que multiplique los panes y los peces. De eso ya se han ocupado los Wachowski con lucrativa anticipación.