Si George W. Bush escribiera guiones de cine podría haber perpetrado La leyenda del Zorro: familia, Dios y patria son los tres grandes pilares del sistema de valores que propone la película, concebida como un entretenimiento aventurero pero gravemente tarada por un subconsciente patriotero e infame. Y utilizo semejantes adjetivos por el maniqueísmo chabacano con que están expuestos los temas señalados, pues bien sabemos que a veces las formas pueden ser magistrales y hacernos olvidar las intenciones más ponzoñosas.
Desde luego no es el caso de esta funesta continuación de La máscara del Zorro, que era un filme más que digno como pasatiempo palomitero, ingeniosamente ligero por sus dosis de ironía y de chispeante sensualidad. Entonces ya asomaba la patita un discurso sospechoso, pero aquello era un tratado sutil y matizado en comparación con este tedioso panfleto.
Y no es que la película sitúe el discurso político en primer término, ya que en realidad se utiliza más como un trasfondo permanente. Lo importante sigue una cristalina sucesión cronológica en la pantalla: primero, una secuencia furiosa y fragmentada, plagada de ralentizaciones, golpes sin consecuencia y música estridente; segundo, el comienzo de la trama que narra la crisis marital del héroe y de su sagaz esposa; tercero, y transcurrida ya una hora de metraje, nos cuentan que detrás del mal rollo matrimonial hay un villano francés y un plan de contraespionaje de la gloriosa Unión, a la que está a un paso de unirse California en 1850.
Pues bien, las secuencias de acción aturden. La historieta del divorcio del Zorro cansa. Y la trama final cabrea. Este triple resultado es consecuencia, sobre todo, de un guión impotente y desmedido en ambiciones, tan atrevido para querer narrar demasiados niveles como incapaz para materializar nada medio digno. Baste con decir que hasta pasada una hora de metraje la narración no plantea más que dudas gratuitas mientras que en la segunda no regala más que gratuitas respuestas.
En general, todo –menos el precio de la entrada– resulta gratuito en La leyenda del Zorro. El filme de Martin Campbell utiliza los peores recursos del cine de evasión actual y trampea todo lo que quiere para hechizar a un espectador fácilmente manipulable. No voy a entrar a enumerar las incoherencias y dudas que provocan buena parte de los hechos del relato porque toda paciencia tiene un límite.
Sin embargo, y para que el lector se haga una idea, sí quiero rescatar alguna de las perlas que el largometraje regala: estando preso el protagonista, sus dos captores provisionales le confiesan que son agentes oficiales de la Unión. “Entonces, ¿son ustedes de los buenos?”, les pregunta el héroe popular.
La escena es sólo una de las gruesas guindas que presenta un plato indigesto. Las demás se deslizan en forma de banderas estadounidenses encuadradas en majestuosos contrapicados o crucifijos que salvan in extremis la vida de corajudos religiosos que saben perfectamente de qué lado está el Señor. Y desde luego no es del de los malvados europeos que quieren acabar con el país de la libertad.
Por si fuera poco, la película cuenta con otra cargante interpretación de Antonio Banderas, visiblemente feliz en la tarea de gesticular como un loco y de hacer aspavientos sin cesar. De añadido, los ojos pierden la atractiva sugestión del personaje interpretado por Catherine-Zeta Jones, que no aporta ni una cuarta parte de la salsa picante que derrochó en la primera entrega. Y, para rematar, los oídos del espectador tienen que soportar una banda sonora machacona que fustiga con sus tópicas palmadas y castañuelas. En fin, un suplicio que sería inocente y olvidable si no fuera porque podría haberlo escrito el mismísimo George W. Bush.