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Lejos del cielo
(Todd Haynes)

   


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Homenaje a Douglas Sirk

 


Basta con echar un somero vistazo a la producción comercial norteamericana de los últimos años para percatarse de que, con desigual fortuna, Hollywood ha vuelto la mirada a los géneros que lo convirtieron en una fastuosa y rentable fábrica de sueños. El cine de terror para adolescentes, las películas bélicas, los thriller y comedias que nunca se fueron e incluso, aunque en menor medida, el musical y el western, se han convertido en un referente creativo que ha basculado con igual facilidad del homenaje inteligente al burdo remedo sin imaginación.

Quizás de todos los ejemplos que ha dejado la producción de estreno dos títulos como L.A. Confidential y Camino a la perdición se han convertido en los mejores flash-back hacia un pasado glorioso reconvertido al lenguaje de los tiempos postmodernos. Ninguna de las dos, sin embargo, ha llegado tan lejos en sus planteamientos nostálgicos como Lejos del cielo, película que, amén de recuperar el aroma del melodrama de los años cincuenta, ha pretendido legar un Douglas Sirk en toda regla.

En Lejos del cielo no sólo aparecen los temas recurrentes del cine de Sirk sino que la iluminación, el uso del color, la escenografía, el maquillaje, el sutil uso de los encuadres, la composición y las unidades dramáticas del filme responden punto por punto al universo creativo del gran maestro del melodrama. Tenemos, por un lado, la historia de una madre de familia que, al tiempo que descubre las inclinaciones homosexuales de su marido, se enamora de su jardinero negro. Pero, además de los personajes considerados individualmente, la película sitúa también en un protagonismo esencial a la población de una ciudad provinciana y chismosa dispuesta a impedir cualquier desliz que amenace sus buenas costumbres.

Estos dos elementos, que forman parte esencial de títulos emblemáticos de Sirk como Sólo el cielo lo sabe o Imitación a la vida, se combinan además con una mesura, un tempo y una estética que, lejos de modernizarse en algún sentido, conservan las esencias del lenguaje clásico hasta sus últimas consecuencias. Y ahí radica una de las virtudes más interesantes del filme, en su radical planteamiento visual y narrativo, en su cadencia y ortodoxo academicismo.

El paradigma del cine clásico americano demostró, además de su inteligencia para el negocio, una invulnerable eficacia en términos lingüísticos. Tanta que Lejos del cielo puede verse hoy como un ejemplo de la solidez de los patrones gramaticales y narrativos que se acuñaron entre los años treinta y sesenta. Verlos ahora, cuando las inercias fílmicas se encaminan por otros derroteros, convierte a la película de Todd Haynes en un curioso discurso que da una vuelta más de tuerca al aire nostálgico que se percibe en algunas producciones “made in Hollywood”. Cierto es que Dennis Quaid no es Rock Hudson y que a Julianne Moore le van mucho mejor otro tipo de papeles. Tampoco es menos cierto que Haynes carece de la torrencialidad que se le adivinaba a Sirk entre sus elegantes fotogramas, aquellas semillas de belleza que germinaban en obras maestras cuya personalidad sacudía las entrañas del espíritu menos romántico. Pero, a pesar de sus limitaciones, Lejos del cielo es un documento francamente interesante, un homenaje digno que encuentra su originalidad en el fragor enloquecido y hueco de los tiempos que corren.
 

publicado en
Cine para leer
(enero-junio/2003)

Dirección y guión Todd Haynes Intérpretes Julianne Moore, Dennis Quaid, Dennis Haysbert.