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Kill Bill 2
(Quentin Tarantino)

   


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Una pantalla en negro. El sonido de la arena que golpea sobre un ataúd de madera. La heroína atrapada en tan terrible y asfixiante situación. Elementos simples, mínimos, de los que se vale Quentin Tarantino para elaborar una escena sublime, puro cine, una imagen vigorosa y angustiante construida sobre su propia negación. Hasta luego a los alardes visuales que prolongan el vacío de relatos sin sustancia. Tarantino vuelve a erigirse en cineasta majestuoso, intuitivo y sabio. Se acabaron las florituras de Kill Bill: vol. 1. Bienvenido el cine de altura y la madurez creativa. Vuelve Tarantino con Kill Bill: vol. 2.

Resulta que el inquieto Tarantino es todo un provocador. Ya mandó un aviso con Jackie Brown . Nada de repetir sin desmayo la fórmula del éxito. Nada de facilidades ni de demagogias estéticas. Desconcierto y traiciones plausibles. Los amantes más modernos del transgresor postmoderno se aburren. No hay violencia gratuita ni discursos masticados. Reina la serenidad. Y con la hermana pequeña de esta Kill Bill repite el mensaje.

Después de atiborrar los encuadres de sangre a raudales, el chico más gamberro del cine americano regresa sobre sus pasos. Kill Bill vol. 1 era un magnífico retablo de imágenes excelentemente rodadas. Pero carecían de sustancia. Se consumían en su propio efectismo. Las piruetas eran preciosistas, pero poco más. Los personajes, superficiales y distantes. Tarantino permitía que explotara su yo más enloquecido. Pero casi todo parecía gratuito.

Kill Bill vol. 2, por el contrario, es un largometraje inteligente. Sugiere más que muestra. Advierte más que señala. El conjunto cobra sentido. Las luchas marciales, el espagueti western, el código del honor, la venganza justificada. La masacre del arranque se narra en fuera de campo. A la protagonista le meten dos tiros a bocajarro a los veinte minutos. Y, a partir de ahí, las convenciones se escapan por el desagüe para que aflore la imaginación.

Imaginación sostenida sobre unos diálogos hondos y cuidados. El espectador, obligado al esfuerzo de atender a los matices si no quiere dormitar, termina conociendo a los personajes. Memorable el interpretado por Michael Madsen, ciudadano fracasado de la América profunda, retrato del desarraigo. Inolvidable el Bill que encarna David Carradine, otro forajido de leyenda. Quizás “La Novia”, un ángel exterminador, tenga menos atractivo. Da igual. Todos destilan sarcasmo, aplomo y autenticidad. Actúan sin trampas. Venden profundidad.

Vuelve el mejor Tarantino, el cineasta que ama el cine por encima de todas las cosas. Del cine se alimenta y al cine desafía. Las convenciones narrativas vuelven a saltar en mil pedazos en el sorprendente desenlace. El duelo a muerte. La última batalla. La victoria épica. Pues nada de eso. Una conversación eterna entre enemigos. Unos pocos golpes. Certeros. Mortales. La venganza se ha cumplido. La venganza de la protagonista y la venganza del Tarantino más sereno y desafiante.
 

publicado en
Cine para leer
(julio-diciembre/2004)

Título original Kill Bill: vol. 2.
Producción Lawrence Bender.
Dirección y guión Quentin Tarantino.
Fotografía Robert Richardson.
Música The RZA, Robert Rodriguez.
Montaje Sally Menke.
Reparto Uma Thurman (La Novia/Mamba negra), David Carradine (Bill), Gordon Liu (Pai Mei/Johnny Mo), Daryl Hannah (Elle Driver/Serpiente de la montaña de California), Michael Madsen (Budd/Serpiente de cascabel), Michael Parks (Esteban Vihaio/Sheriff Earl McGraw), Bo Svenson (Reverendo Harmony), Samuel L. Jackson (Rufus), Perla Haney-Jardine (B.B.), Chris Nelson (Tommy Plympton), Jeannie Epper (Sra. Harmony), Claire Smithies (Clarita).