Creo que M. Night Shyamalan posee una de las miradas actuales más atractivas del cine comercial. El sexto sentido tuvo un efecto sorpresa más que notable. El protegido es una película excelente. Señales fue un desliz. Y El bosque, incomprendida por muchos, planteaba asuntos muy serios envueltos en un lenguaje sugerido y preñado de inteligencia. Es un chico joven propietario de un estilo singular, que le viene de su conocimiento de los clásicos y de su capacidad para hipnotizar al espectador con la cámara.
El aprecio que siento por su cine es directamente proporcional al doloroso chasco que ha supuesto para mí La joven del agua. Shyamalan vuelve a plantear una fábula que se mueve entre lo fantástico y lo poético, y que contiene algunos de los rasgos característicos de su obra. Pero la historia de una ninfa acuática a la que un tipo gris protege de los peligros que la acechan está a años luz de las virtudes que han hecho de él un cineasta interesante.
En primer lugar, la película se resiente de una debilidad estructural incomprensible. La base del relato está desdibujada y uno no tiene demasiado claro hacia dónde se dirige hasta bien avanzado el metraje. Además, el hecho de que la información fluya a medida que una joven asiática narra por entregas un cuento que parece estar dándose en la realidad rebaja la atención. Mientras tanto, ni la protagonista femenina ni el masculino destacan por su empatía o por su energía para que el espectador sienta sus aventuras como propias.
De hecho, su insustancialidad va acompañada de una falta de vigor en la puesta en escena ciertamente extraña en un realizador que sabe manipular la imagen como pocos. En consecuencia, La joven del agua ni aterra, ni conmueve, ni sorprende. Es un insípido plato cocinado sin alma por uno de los tipos más hábiles en el manejo de especias y salsas cinematográficas. Y eso decepciona profundamente.