El conocimiento que tenemos de las guerras proviene de las pantallas. Esa parece ser la premisa que ha seguido Sam Mendes para abordar Jarhead, el infierno espera, tercer largometraje de su prometedora filmografía. Él mismo ha reconocido que su forma de entender Vietnam tiene mucho más que ver con la experiencia cinematográfica que con lo que pudiera haber sido la verdad de los hechos. Por ese motivo, la representación audiovisual, la más importante de cuantas existen actualmente, debe estar sujeta a unos mínimos morales en el abordaje de asuntos tan graves.
Muchas de estas disquisiciones aparecen a lo largo del metraje del último ejemplo de cine bélico que nos llega de los Estados Unidos. La obra, por otro lado, está mucho más cerca, por tema y forma, de Tres reyes y Buffalo Soldiers, que de las patrioteras Tras la línea enemiga, Windtalkers o Lágrimas del sol, por citar algunos de los documentos propagandísticos facturados en Hollywood durante los últimos años. O, dicho de otra manera, Jarhead, el infierno espera, es una obra que plantea una crítica visión de los hechos que refiere, pero para hacerlo utiliza planteamientos formales más adecuados a un público juvenil que demanda urgencias más que honduras.
En ese sentido, Mendes demuestra que es un cineasta ciertamente camaleónico. En su todavía breve trayectoria, ha dirigido American Beauty, una comedia negra sobre las falsas apariencias de la clase media estadounidense que desbordaba madurez para tratarse de una ópera prima. Poco después, preparó un plato cocinado a fuego lento y salpimentado con preciso sentido del matiz. Camino a la perdición, apasionante revisión del cine negro más clásico cruzada con el lenguaje del cómic, le reafirmó como un director que prometía para el futuro versatilidad y oficio.
A mi juicio, con Jarhead, el infierno espera confirma estas virtudes. Creo que se trata, por mucho, de su película menos sustancial hasta la fecha y que su perdurabilidad será escasa. Eso será así cuando menos en lo estrictamente formal, ya que en lo discursivo puede que prevalezca en cuanto documento de un conflicto bélico como la I Guerra del Golfo de comienzos de los noventa.
Hasta ella, hasta la operación “Tormenta del desierto”, se retrotrae un relato que se basa en el bestseller autobiográfico que escribió a su vuelta Anthony Swoford, un marine que participó en tan célebre acontecimiento. Con este punto de partida, la cámara sigue a Swoford de manera incesante en un itinerario compuesto por tres partes fundamentales: la dura y cruel instrucción, que le convierte en un animal sediento de sangre; el desplazamiento y la tensa espera del comienzo de la batalla; y, pasada la larga estancia en el desierto, el desencadenamiento de las hostilidades. Sin embargo, la guerra dura poco y la máquina humana de matar sufre la impotencia de no haber podido acabar con un solo enemigo.