En estos tiempos en los que la innovación tecnológica desplaza los rasgos más humanos de nuestras sociedades, resulta muy reconfortante comprobar que también existe la posibilidad de seguir la dirección opuesta. Así, la dictadura de lo digital puede hacernos esclavos y reducirnos a meros instrumentos pero, al mismo tiempo, está en nuestra mano el control y la doma de los novedosos recursos cibernéticos. La clave reside, probablemente, en la imprescindible –aunque siempre conflictiva- humanización del progreso.
A ver si logro explicarme mejor a propósito del estreno de Los increíbles . El filme, último invento de la productora Pixar, ha venido a confirmar lo que es una verdad difícilmente rebatible: la novedad es baldía si no va acompañada de una historia meditada en la que puedan reconocerse los espectadores. Justo cuando la creatividad parece una excusa al servicio de la técnica, la Pixar sigue explotando la veta de la identificación. Y, desde luego, lo hace con seductor ingenio.
Tras las trepidantes aventuras de los juguetes de Toy Story, las ingeniosas peripecias de los muñecos de Monstruos S.A . y el viaje iniciático del pez-padre de Buscando a Nemo, nuestras pantallas se pueblan de unos superhéroes sometidos a la reinserción en la vida civil. Si la Pixar se había dedicado hasta la fecha a humanizar objetos o animales, ahora le toca el turno a seres con extraordinarias facultades, mitad personas mitad mitos.
Por primera vez, la revolucionaria fábrica de cine animado ha cargado el protagonismo sobre las espaldas de unos dibujos con trazos humanos. Pero la cercanía y complicidad con que se contemplan los coloristas fotogramas de Los increíbles se explica, sobre todo, por una credibilidad irresistible que reposa en el relato.
La premisa narrativa es sencilla: ¿cómo sería la vida de unos superhéroes condenados a no aplicar sus poderes? Respuesta: como la de cualquier individuo excepcional al que obligaran a vivir según los rigores de la normalidad. Pues bien, en esa idea tan simple se concentra lo mejor de una película que vale más por lo doméstico que por lo urgente.
Y es que la obra tiene dos vertientes principales. Por un lado, la cuestión de la crisis existencial, la difícil convivencia familiar, la rutinarias y castrantes relaciones laborales, la falta de libertad, el control sobre lo que nos hace especiales, son algunos de los muy reconocibles asuntos que Los increíbles desarrolla con inteligencia y con salvadora ironía. En este vector del relato se encuentran escenas tan portentosas como la de la discusión en la que los miembros de la familia aplican sus peculiares facultades.
Por otra parte, no puede faltar la acción y la adrenalina desatada. La peligrosa misión que devuelve a los superhéroes a su estado natural para salvar, una vez más, a la humanidad, ocupa finalmente el esqueleto de la narración. Y esta parte de la historia está resuelta con un estallido icónico irreprochable pero que, en demasiados momentos, se deja vencer por la incontinencia rítmica del cine postmoderno más vacuo y agotador.
Ése es, quizás, el principal pero de esta entretenida y vigorosa apuesta de la Pixar. Los homenajes al cine sesentero, la estética retro de la puesta en escena, la cantidad de guiños que sazonan el conjunto –como el cameo de Jack Lemmon y de Walter Matthau reivindicando el pasado- constituyen, por el contrario, méritos formales que elevan el gusto de una película muy notable. Notable, sobre todo, por la tierna humanidad de su fastuosa técnica.