En los mercantilizados tiempos que corren, resulta llamativa la actitud creadora del andaluz Benito Zambrano. Tras recoger premios y alabanzas, atenciones y parabienes con su espléndida Solas (1999), prefirió tomarse con calma su siguiente proyecto cinematográfico. Es más, su insólito camino le condujo en este intervalo a los demacrados márgenes televisivos para facturar una excelente serie, Padre coraje, magnífico y exitoso producto que demostraba que la pantalla pequeña también es un lienzo audiovisual en el que si no conviven calidad y comercialidad es porque, sencillamente, no se quiere.
No hace falta ser adivino para saber que cualquier otro director debutante, borracho de felicidad y enamorado de sí mismo, hubiera rodado en cinco años un par de largometrajes que le hubieran asentado en la industria. Para bien o para mal, porque aportar algo significativo quizás sea lo de menos. Es lo que hay: aprovechar el tirón, ser ventajista, contar lo que sea, es imprescindible para crear una imagen de marca como presunto cineasta.
No es el caso, ya digo, de Benito Zambrano. Ignoro los avatares de producción de esta Habana blues, su segundo –y muy esperado–- largometraje de ficción. Pero sí da la impresión de que ha habido un posicionamiento artístico maduro, un enamorarse de una idea como semilla para la expresión, entendida casi como necesidad. Lo mismo me equivoco, no lo sé. Pero, además, la singularidad y el riesgo han sido las dos atractivas compañeras de viaje de esa necesidad expresiva.
Pues bien, tras especular con las intenciones vayamos a los fotogramas. Habana blues cuenta la historia de dos músicos cubanos que intentan abrirse paso en el proceloso mar de la industria discográfica. No son ancianos y olvidados maestros de los tradicionales ritmos cubanos. Son jóvenes y tocan un rock ecléctico, mestizo, transido por géneros de muy variada índole. En su grupo cabe la guitarra eléctrica, el saxo e incluso una gaita. Todo se recicla en una hermosa celebración de la impureza y de la promiscuidad del sonido aunque, eso sí, cierto aire a ritmo caribeño une todos los caminos a partir de un origen común.
Me detengo en la cuestión musical porque organiza el esqueleto de esta heterogénea película. Película en la que, por supuesto, hay otras aristas: la familiar, todo descomposición y crisis; la profesional, mezquino territorio de intereses comerciales; la material, gobernada por el afilado instinto de supervivencia; y, finalmente, la moral, entendida desde el dilema ético de grave resolución.
Todas estas piezas, sin embargo, casan según cómo y en qué momento. Dicho sin más rodeos, Habana blues es una obra peculiar y valiente, sugerente y llena de vida, pero también irregular y descompensada, con zonas de fuga y excesos ocasionales. Desde luego, su vertiente más atractiva se muestra en el viaje casi documental por La Habana menos tópica, por los garajes, terrazas y calles inundadas de jóvenes que se expresan culturalmente en términos muy alejados de la imagen de postal que tenemos de tan hermosa ciudad.
Sin embargo, el puzzle es menos atractivo –y más convencional– en los conflictos vitales de los protagonistas, sobre todo los sentimentales y profesionales. En ese plano, al largometraje le falta densidad dramática. Es más, la pareja de amigos que conforman Ruy y Tito enternece y se deja querer, pero sus motivaciones y gestos son demasiado débiles en cuanto a su funcionalidad como personajes que soportan el mayor peso de la acción. Y eso por no hablar de la subtrama industrial centrada en los tejemanejes de un grupo discográfico español, vía que se desarrolla con diálogos demasiado literales y pobres para la indiscutible capacidad narrativa de Zambrano.
En cualquier caso, el sincero compromiso del director con su creación convierte a Habana blues en una luminosa invitación a viajar por las vitales imágenes y sonidos de un lugar en el que se formó como artista. Y ser artista también es una cuestión de gestos, aunque el resultado no sea del todo redondo.