Existía más de una razón para que Gangs of New York se convirtiera en el proyecto cinematográfico que más expectativas ha creara en el cine del último lustro. Uno de esos motivos se llama Martin Scorsese. Otro lleva el nombre de Nueva York. Uno de los maestros vivos del cine contemporáneo y la ciudad en la que se hizo americano de Italia se volvían a cruzar como artista y obsesión que no pueden vivir separados. Se trataba de contar los orígenes de un lugar que es un icono majestuoso y universal para trazar, de paso, el mapa siniestro de la historia de un pueblo y una nación que se forjó en las malas calles durante la edad de la inocencia perdida.
La película le rondaba por la cabeza a Scorsese desde hacía treinta años, pero los riesgos que acarreaba impedían su gestación. Para empezar debía tratarse necesariamente de un filme épico, ambicioso intelectualmente y con todas sus pretensiones estéticas y expresivas situadas en una radicalidad irrenunciable. Para continuar, la fama perfeccionista del cineasta desaconsejaba el descenso del gran capital a sus viscerales fotogramas. Sólo se atrevió a poner los dólares Harvey Weinstein, alias Manostijeras, hombre de negocios que ha protagonizado otro de esos episodios nefastos que anteponen la lógica del dinero a la lógica de la belleza, la sensibilidad y el talento.
Porque Gangs of New York es una película sublime pero visiblemente imperfecta. Se contempla su grasienta hermosura sin pestañear pero sus defectos son demasiado evidentes. Dura casi tres horas y la razón exige más metraje para atar cabos sueltos, perfilar mejor las aristas de algunos de sus personajes y mejorar el ritmo de unos últimos pasos cosidos con la urgencia de quien tiene demasiada prisa. Duele, y mucho, comprobar la cojera que le han dejado a una criatura tan bella y necesaria, y duele todavía más elucubrar sobre las cotas que habría alcanzado Gangs of New York si el vil metal no le hubiera cortado el oxígeno hasta dejarle innecesarias taras.
El imaginario colectivo identifica los orígenes de la nación americana con un Oeste salvaje poblado de indios incivilizados que se protegían en una naturaleza agreste. Pero Scorsese ha pintado ahora un retablo histórico situado en la costa atlántica, tan hostil al menos como su hermana del otro lado. Como sucede en los mejores western, el cineasta le ha inyectado a su película una fuerte apariencia física que entra por los sentidos para encontrar significados en territorios racionales y emotivos. La primera vez que vemos las calles de la ciudad la nieve lo cubre todo con un manto inmaculado. En pocos minutos las bandas de los “nativos” y de “los conejos muertos” riegan el blanco gélido con el rojo caliente de la sangre fresca. A partir de ahí, y a medida que pasan los años, las calles se bañan en deshechos, en lodo, en mierda y los decorados huelen a mugre. Mugre material y mugre colectiva.
Y de la mugre se alimenta Gangs of New York para presentar su aspecto más atractivo. Es el espacio físico, su protagonista grupal y la violenta atmósfera que lo envuelve todo lo mejor de una obra que es maestra sólo parcialmente. La encarnación de los complejos valores que transmite sólo adquiere corporeidad en uno de los individuos que soportan el peso argumental con ambigua maldad. Bill el Carnicero, señor y cacique de las calles, tiene el rostro, el intelecto, la crueldad instintiva y el sentido del honor de los seductores villanos que de tiempo en tiempo aparecen en la gran pantalla gracias a actores superdotados como Daniel Day Lewis. Pero ni Di Caprio ni Cameron Diaz ni casi todos los secundarios tienen el peso actoral suficiente y las relaciones que mantienen entre sí los personajes que encarnan terminan diluyéndose en medio de los fotogramas invisibles que nos ha hurtado la implacable ley del dinero.
Porque cuando se echan en falta metros de celuloide en una película de tres horas es que nos encontramos ante una realidad artística de dimensiones grandiosas. Una grandiosidad que se alimenta de las fuentes más ricas del cine americano de todos los tiempos y que se amplifica con un tono crepuscular de resonancias fordianas. El mundo que fue en los orígenes, que se forjó con despiadada brutalidad pero incontestable sentido del honor y respeto al enemigo, se pudre y se pervierte en la frustrada lucha del final. Ha costado mucho dolor, mucha sangre e hipocresía, traiciones y corrupción. Pero las tumbas de aquellos hombres permanecen en primer plano mientras al otro lado del río Hudson Nueva York crece verticalmente, erguida sobre las raíces de la muerte y la violencia. Violencia, por cierto, mucho menos injusta que la impuesta por el dios dólar, dueño y señor incluso del legítimo derecho de una obra de arte a ser perfecta, redonda y eterna.