Que el cine y la pintura mantienen una intensa relación de parentesco es un hecho que la simple intuición puede comprobar a poco que se les mire a la cara a las dos criaturas. La pantalla es en definitiva un gran lienzo sobre el que lanzar brochazos de luz que simulan la existencia de una realidad que miente con sus ilusorias dimensiones. Una realidad recreada y artificiosa que hereda leyes compositivas y expresivas de su hermana mayor pero que, además, se ha ocupado reiteradamente de ella. Ya sea con la apuesta por decorados que abundan en cualidades pictóricas y que convierten cada plano en un hermoso cuadro ( El gabinete del doctor Caligari o Un americano en París, por situar dos ejemplos muy distantes) ya sea rescatando para la pantalla el protagonismo de grandes maestros ( El loco del pelo rojo, Moulin Rouge -1952-, Los amantes de Montparnasse...) lo cierto es que cine y pintura han mantenido tradicionalmente un idilio creativo que ha deparado hallazgos emocionantes.
Frida se apunta a una larga lista plagada de obras eternas y lo hace con notable dignidad. Del biopic o película biográfica conserva un espíritu cronista que aspira finalmente a relatar la vida de la escandalosa pintora mexicana: así, el guión incide en el aparatoso accidente que le dejó dolorosas secuelas físicas, en la convulsa relación sentimental con Diego Rivera, en su bisexualidad, su traumático aborto, su viaje a Nueva York o en su encuentro furtivo con el ideólogo comunista Leon Trotsky. Y de la tradición fílmica que respeta la personalidad estética de la obra del pintor convertido en héroe o antihéroe cinematográfico conserva una puesta en escena de cuidada plasticidad.
Es precisamente el mimo con el que se traslada el universo, las texturas y las formas recurrentes en la pintura de Frida Kahlo lo mejor de una película que se ve con indiscutible agrado. El uso de la luz, la utilización de colores vivos, la incursión en el discurso de sueños, obsesiones y evocaciones de talante surreal, contribuyen a generar la misma sensación de optimismo vital y crueldad ingenua que contagian las pregnantes creaciones de la artista. Sensaciones todas ellas que se materializan en el enjuto cuerpo de una Salma Hayek que ha demostrado que tiene talento suficiente para convertir su oficio en algo más que una inútil excusa para ganar millones de dólares. Sus gestos, sus movimientos y sus miradas llenan la pantalla de una inocencia vitalista que maquilla los dolores físicos y psicológicos que convierten a su Frida Kahlo en un ser nacido para el sufrimiento.
Conviene llamar la atención, sin embargo, sobre la preocupante falta de empaque y vigor de Diego Rivera y del actor que le presta su cuerpo. Alfred Molina no logra convertirse en depositario del arrollador carácter amatorio con el que pretende dotarse a su personaje, un hombre presuntamente seductor y carismático que se planta en la pantalla sin ninguna capacidad para convertirse a ojos del espectador en amante irresistible y creador hechizante. A semejante deficiencia hay que unirle una saga de secundarios y subtramas elaboradas con una inteligencia menor y escaso sentido del matiz, apartado negativo en el que sobresalen los motivos políticos y la presencia en México de un Trotsky poco convincente.
Y es que al final del camino de esta Frida se encuentra una sensibilidad femenina tirando a aniñada y vestida con un gusto exquisito. El filme tiene un atractivo físico que convierte su contemplación en un acto sumamente agradable, circunstancia a la que contribuye decisivamente el ágil montaje y la economía narrativa de una primera parte que tira de concisión para definirse sin ambajes. Luego la realizadora Julie Taymor pierde fuelle y la narración se desinfla progresivamente. Pero su película, a pesar de todo, deja una huella en la retina, una imagen y un color que traslada a la memoria sensitiva hasta los parajes que habitan las telas inmortales de Frida Kahlo. Que no es poco decir para una obra fílmica que se matrimonia de nuevo con la semilla eterna de la pintura.