Embrujada es un excelente ejemplo de cómo anda una parte sustancial del cine made in Hollywood. Culpables de una crisis creativa que viene de lejos, algunas productoras y profesionales del ramo se han dedicado a rastrear las huellas del éxito y de la inspiración en cualquier medio que asegure una campaña promocional jugosa. En este marco, que admite una variada ralea de registros y de direcciones entre la fuente y el mensaje final, se encuentra la de la adaptación de exitosas series televisivas.
Conviene matizar, sin embargo, el concepto de adaptación. En buena parte de los casos (Los Ángeles de Charlie, un suponer) se trata de aprovechar el potencial de la marca y/o de la nostalgia, amén de la promoción gratuita que generosamente proporcionará una pequeña pantalla ávida por informar de este tipo de circunstancias, al parecer muy noticiosas. Pues bien, todo lo expuesto resulta directamente aplicable a esta aparente pero vacía Embrujada, película que revisita el universo de la serie creada por Sol Saks en los sesenta pero como de soslayo, en plan qué bonitos eran aquellos días y qué bonito es reincorporarlos a nuestro nuevo siglo.
En principio, la apuesta puede parecer interesante. No se trata, como ya hemos advertido, de adaptar, sino de utilizar una versión ficticia en televisión para cocinar el menú cinematográfico. Como si se quisiera hacer un juego metalingüístico, el relato cuenta cómo una bruja que desea ser una persona normal se enamora del estúpido protagonista de una serie de televisión que va a adaptar la Embrujada sesentera.
La directora y guionista Nora Ephron crea así un cruce de caminos que podría haber dado mucho juego para sembrar su comedia romántica de algún punto de vista –el que fuera– sobre la creación, la industria, los intérpretes, su público… Pues bien, nada de nada. Como suele ser frecuente en las películas de esta señora, sólo importa el romanticismo sin mácula y el humor leve para dirigirse a un público que disfrute con el amable regusto de la sacarina fílmica. Ya pasaba con el acartonamiento expresivo de Algo para recordar –aunque en clave melodramática– o en aquel insulto a Lubitsch, de infausta memoria por lo que tenía de blasfemia, titulado Tienes un e-mail.
Embrujada juega con los conservadores ingredientes tan del gusto de Nora Ephron, cuyo único momento de auténtica inspiración tuvo lugar en la escritura del guión de Cuando Harry encontró a Sally. A diferencia de esta última –en la que abundaba la salsa, el vigor y la mordacidad–- el resto de la carrera de Ephron es aséptica, insípida e indolora y su cántico a la serie de televisión no iba a ser una excepción.
La película arranca interesante por plantear el asunto del remake televisivo de manera original, estableciendo las puertas interiores que comunican los universos ficcionales. Pero el planteamiento es un simple artificio para abandonarse a la comedia romántica más fofa. A ello hay que unirle un progresivo desinflamiento de las motivaciones de los personajes o, mejor dicho, de los conflictos que los impulsan a comportarse como lo hacen. A cada minuto que pasa, de hecho, queda menos que rascar. Y eso por no hablar de los secundarios papeles encarnados por Michael Caine y por Shirley MacLaine, dos auténticos pegotes narrativos cuya presencia es absolutamente prescindible en el relato.
Deshechas las aristas dramáticas de los habitantes de la ficción, sólo queda la gran mentira de la falsa elegancia de Ephron. Una elegancia de centro comercial de clase alta que, con milimétrica precisión, saltea el filme de secuencias de montaje con músicas pegadizas destinadas, con el descaro habitual, a la voraz explotación comercial de la banda sonora. Y, ya de paso, se contagian de manera ventajista en el espectador las emociones que ni los hechos de la trama ni la realización son capaces de generar.
Porque prácticamente todo es plano e insulso en esta Embrujada. Y digo prácticamente porque, al menos, el proyecto ha gozado de la siempre profesional presencia de Nicole Kidman. Esta actriz es uno de los pocos casos que quedan en Hollywood de versatilidad y destreza. La Kidman tiene armas más que sobradas para pasar de las complejas manos de Kubrick (Eyes Wide Shut) o de Von Trier (Dogville) al ñoño temperamento de Nora Ephron sin que su reputación se resienta un ápice. En esta memez siempre vuela la embrujadora presencia de una intérprete que enamora a la cámara y devora la atención con envidiable naturalidad. Menos mal que la luz de la estrella ilumina un espectáculo tan blando como olvidable.