El elegido es, a mi juicio, una muestra del camino menos interesante que afronta parte de la producción cinematográfica en Europa. Con capital francés, alemán e italiano, el director Guillaume Nicloux propone un filme que carece de cualquier elemento distintivo del viejo continente y que bien podría ser un subproducto facturado por el Hollywood más barato y anodino. Destinada a un entretenimiento insípido, la película carece de interés artístico y resulta bastante dudoso su recorrido comercial.
El filme se apoya en una novela de Jean-Chirstophe Grangé para contar la historia de una mujer que adopta a un niño mongol. Pocos días antes de cumplir los siete años, al crío le sale un estigma en el pecho y empiezan a suceder toda suerte de hechos paranormales, como los ataques de unos extraños animales. Todo resulta ser un complot provocado por la búsqueda de la inmortalidad, don que el chaval procura si es sacrificado durante “el concilio de piedra” al que hace alusión el título original.
Ni la presencia de Monica Bellucci –impotente en su papel de madre coraje– ni de Catherine Deneuve –que roza lo caricaturesco en su rol de villana– levantan un conjunto desdibujado en su tono. Al intento de crear una atmósfera aterradora no se le corresponde una trama articulada con músculo y emoción, por lo que el desarrollo se va tornando plano y previsible. Además, la planificación de Guillaume Nicloux, con sus repetitivos y lentos travellings, también es demasiado formularia y convencional. Sólo los vastos paisajes mongoles, integrados en el tramo final del metraje, tienen algún interés por su belleza y exotismo en una producción intrascendente.