Confieso mi debilidad por las películas que proponen una contemplación nostálgica del pasado. Cada vez que el Hollywood de hoy mira a su edad dorada para actualizar algunos de sus iconos, se ilumina algo en mi cerebro que, cuando menos, me suscita curiosidad. A veces el resultado es un fiasco en toda regla, una decepción provocada por lo que, en lugar de homenaje, acaba siendo blasfemia. Pues bien, aunque La Dalia Negra no llega a tanto, roza peligrosamente el abismo de lo grotesco.
Y bordea el ridículo, entre otras razones, porque resulta inevitable la comparación con un filme tan notable como L.A. Confidential. Sobre todo porque en ambos casos nos topamos con adaptaciones de James Ellroy, ese fracontirador implacable y venenoso, trepidante y temperamental, que ha trazado en su obra impresa una crónica oscura de la América más lustrosa.
En La Dalia Negra, sin embargo, se evapora aquello que hizo del film noir un género imprescindible para la revisión histórica de la nación americana: la turbiedad social y política, la corrupción, la tiranía del éxito a cualquier precio, la hipocresía y la celebración de una ceremonia colectiva que sirve de mascarada para la convivencia. Todo eso está apuntado o saturado, según la subtrama, en el último filme del siempre controvertido Brian de Palma.
El cruel asesinato de una actriz erótica de tercera sirve de punto de partida real para desarrollar una película insulsa en la que el director insiste en utilizar las peores fórmulas de su filmografía más precocinada: amaneramiento formal, contemplación del ombligo de sus creadores más admirados y del suyo propio, pasotismo respecto a sus personajes y a los actores que los encarnan. Toda la pasión y la mala leche del cine negro (en general) y de la prosa de Ellroy (en particular) saltan en mil pedazos para quedarse en un pastiche sosamente interpretado, enmarañado sin causa y torpemente escrito. En suma, un nuevo tropezón del responsable de la inolvidable Atrapado por su pasado.