Me gustan las películas corales. No sé, van con mi personalidad cinéfila. Los personajes colectivos, las historias que van y vienen, que se mezclan para ofrecer un retablo grupal. Son manías que uno tiene, quizás provocadas por la satisfacción que me dejaron maravillas fílmicas como Vidas cruzadas y Magnolia. Robert Altman y Paul Thomas Anderson, directores de los dos títulos citados, son sin duda maestros en tan exigentes estructuras. Y, aunque no llegue a tamaña altura, en un nivel notable se maneja el debutante Paul Haggis con la colmena cinematográfica que ha creado en Crash.
Conviene recordar, sin embargo, que el novato lo es sólo en tareas de dirección. Haggis es un veterano guionista televisivo, aunque su nombre es familiar para muchos de nosotros gracias al guión de Million Dollar Baby , la obra maestra de Clint Eastwood. Y, a mi juicio, no se maneja nada mal con la cámara, porque la pantalla se llena de imágenes briosas que firmaría casi cualquier realizador primerizo.
Crash es un mosaico filmado de la ciudad de Los Ángeles, una urbe deshumanizada, llena de contrastes y desconfianzas, de desigualdad y colisiones. Un grupo de seres humanos de distinta ralea se cruzan durante un par de días extrañamente fríos. Y, en ese tiempo, hay robos, muertes, insultos, acciones corruptas. Pero también milagros, solidaridad y gestos nobles. Risas y llantos. Un poco de todo.
En su debe, el relato abusa, sin duda, de las casualidades y de algunos toques simplones. Pero, en general, sobresale el sentido del matiz, el mensaje sugerido, la moral compleja, la invitación al pensamiento. Nada es blanco ni negro en un lugar en el que, precisamente, la pertenencia a una raza determina tu vida. Y Haggis sabe mostrar con agilidad la conexión entre sus personajes para crear una sensación extraña, mitad agradable, mitad amarga, en el espectador.