Confieso que Cars utiliza buena parte de los ingredientes que más detesto en la cocina cinematográfica. Confieso que, tras pensarla durante un rato, me parece una película absolutamente convencional, previsible y en muchos momentos blanda. Confieso que aborrezco su poderío mercadotécnico, si se me permite la expresión. Confieso que la razón me dice que su nivel general es, a lo sumo, discreto. Pero, al mismo tiempo, confieso que he pasado un rato rabiosamente entretenido, aniñado y reconfortante durante sus dos horas de metraje.
No sé si estaría con las defensas bajas y dudo sobre si mis juicios críticos deben apoyarse más en la emoción –irracional y manipulable– que en el raciocinio, si es que de él hubiera sido dotado en alguna medida por la providencia. Estoy convencido de que la opinión publicada comporta una serenidad intelectual que, en esta ocasión, me marca un camino, aunque por otro se me abra la atractiva senda de la embriaguez sentimental, por anticuada que sea según mis neuronas.
Como el dilema tiene difícil solución, dejaré por escrito que Cars emplea por enésima vez los patrones narrativos de las producciones Pixar, factoría que aplica sin desmayo las mismas herramientas en la construcción de historias. Aquí el protagonista, un prometedor coche de carreras al que sólo le importa el lujo, la fama y su ego, descubre que el auténtico sentido de la vida radica en la colaboración con los demás, en la amistad y en el amor por lo auténtico. En fin, nada nuevo bajo el sol.
Tampoco es nueva la parafernalia visual –cada vez más sofisticada y creíble– ni la impresionante humanización de los objetos. En general, todo huele a ya visto y casi nada a arriesgado, pero me pregunto qué receta mágica tiene Lasseter para que su obra cuaje en el espíritu mientras la proyección se pasa en un leve suspiro. Porque Cars, a pesar de los pesares, recupera el espíritu jovial e inocente de quien la mira con los ojos de la crédula pasión.