Un excéntrico productor cinematográfico. Un pionero de la aviación. Un seductor amante. Esa es la triple faceta que Martin Scorsese nos presenta del legendario Howard Hughes en El aviador, gran producción con aroma al mejor Hollywood, de amplias dimensiones, recorrido premiable y sello de calidad en sus títulos de crédito. Nada hacía presagiar, pues, que iba a errar el envite uno de los mejores cineastas vivos del cine norteamericano. Toda una desgracia.
Resulta decepcionante toparse con una obra tan pobre del casi siempre brillante Scorsese. Su carrera viene, además, de Gangs of New York, filme mítico por sus fascinantes méritos y por sus defectos, frutos podridos de las imposiciones industriales. La cinta sufrió tan graves mutilaciones que las taras se tomaron como la meritoria consecuencia de una apuesta romántica. Y la película se convirtió para muchos, y con justicia, en un retablo glorioso de la violenta gestación de América en las calles de la sordidez.
El aviador representa el lado más atractivo de la crónica estadounidense. Todo es purpurina e incienso, hedonismo y diversión. También se nos cuenta la gestación del país, pero toca la cara de la moneda, la edad juvenil de la nación, el espectáculo y el progreso en la primera mitad del siglo XX. El aliento épico, en este caso, no posee un espíritu colectivo sino personalista, megalómano y emprendedor. Cóctel de rasgos que, agitados con muchos gramos de locura, nos trae el nombre de Howard Hughes.
Pues bien, el relato comienza con una breve escena que determinará toda la narración: la madre de Howard le provoca una traumática obsesión por la higiene. A continuación, el joven Hughes rueda Ángeles del infierno, accidentada superproducción que reúne las dos grandes pasiones de su vida profesional: el cine y la aviación. Poco después, durante una fiesta, el atractivo empresario engatusa con clase e indiscutible eficacia a una camarera. Y, así, el guión cierra pronto el triángulo sobre el que se dispone El aviador.
El arranque del filme es prometedor. Scorsese hace volar la cámara sobre suntuosos escenarios. El aspecto formal es cautivador y la puesta en escena posee ese nervio elegante que suelen destilar los fotogramas del director italoamericano. Pero la narración, tras el empuje inicial, comienza a desinflarse y el conjunto va desbarrando hasta incurrir en una atonía impropia de su creador.
Y es que, en general, da la impresión de que el relato no se dirige hacia ninguna parte. Por si fuera poco, los perfiles cinematográficos y amatorios de Hughes o bien carecen de un trabajado protagonismo o bien incurren en el brochazo más atroz. El primero parte del excitante rodaje de Ángeles del infierno –magnífico–-, para diluirse después como un azucarillo con las dispersas alusiones a Scarface y el infantil proceso de defensa ante los censores de los pechos de Jane Russell.
El asunto de las relaciones sentimentales depara una pesada caricatura de dos mujeres admirables. De Katherine Hepburn se nos ofrece un retrato dibujado con los retazos más tópicos de los personajes que encarnó. Con Ava Gardner se abunda en los lugares comunes. Son dos personajes sin capas, planos, estereotipados, excesivos, poco inteligentes y menos atractivos. Pecado mortal, claro está, tratándose de quienes se trata.
Además, su función en el denso teatrillo pasa a ser, en un momento dado, el de comodines facilones. Cuando Hughes se ve arrastrado al pozo sin fondo de su enfermedad mental, y como quien no quiere la cosa, emerge de la nada la Gardner y le redime con un ramillete de frases sentenciosas. El magnate, que parecía incurable, sale del desquiciamiento para hacer gala de su proverbial lucidez en un increíble visto y no visto. Y ése es, tan solo, uno de los ejemplos que pueden ponerse de la peligrosa falta de rigor que se percibe en el relato.
Y es que, en general, a los ciento sesenta minutos de El aviador le faltan musculatura narrativa. Cuando la película se decanta por la competencia industrial entre compañías aéreas y por los delirios maníacos del protagonista el espectador ya se ha desenganchado de la vivencia del espectáculo. De nada sirven, a semejante altura, el virtuosismo en su acabado estético. Los actores –cargantes y pasados de rosca– y el guión –irregular y difuso– se han encargado de restarle el encanto nostálgico por el que apuesta la obra. Una pena, en suma, que el último vuelo fílmico del genial Scorsese haya sufrido un aterrizaje tan accidentado que convenga olvidarlo cuanto antes.