Aunque su ópera prima no fue santo de mi devoción, lo cierto es que el de Juan Carlos Fresnadillo es otro de esos casos insólitos que con frecuencia se dan en la industria española. Intacto era una película de género que conectaba con una sensibilidad juvenil, rebuscada y efectista. De la que hace taquilla y crea adhesión. Y el hecho de que me pareciera insulsa y hueca no me impide reconocer que seis años de distancia son demasiados para una cinematografía en la que varios directores que no rozan los cien mil espectadores ruedan sin cesar. Cosas de nuestro sistema.
Ha llovido bastante hasta que ha aterrizado en las pantallas 28 semanas después, co-producción que maneja pasta británica y española y secuela de 28 días después, la extraña y magnética cinta de terror que Danny Boyle presentara en 2002. El asunto no presenta demasiadas novedades: el mortal virus de la primera está controlado, pero rebrota y crea una marea de infectados que atacan ferozmente a quien se les pone por delante. Sin embargo, la gente sana padece también la amenaza del ejército estadounidense, que pierde el control sobre Londres y bombardea preventivamente a cualquier elemento con piernas con tal de mantener la sacrosanta seguridad. Todo contado a través de una familia que representa la fe en un futuro mejor.
La película no debería gustarme pero me hace pasar el rato. Está sobrecargada de una acción rabiosa, epiléptica y confusa, lo que genera más mareo que espanto. La trama fuerza la verosimilitud hasta rozar lo paródico, apoyándose en un extenso repertorio de golpes de efecto intragables que te cuelan en plena celebración del exceso y de la excitación. Para que, encima, todo conduzca a una resolución que deja abierta la puerta de la siguiente entrega, que se presume parisina.
Dicho esto, tanto toreo de salón, tramposo e interesado, incluye la búsqueda de una estética singular que respeta el estilo de la franquicia original. El trasfondo sociopolítico tampoco es baladí, así como la efectiva escenificación de un Londres apocalíptico, mórbidamente hermoso en su devastación. Nada que pueda resultarme memorable pero que mantiene interesado durante cien minutos de un pasatiempo suficiente.