Síndrome de Down. Carta a Pepo


Querido Pepo



Carta de amor

a un hijo especial







Querido Pepo:

Diantre, qué nudo en el pecho cuando viniste.

Pálido el rostro,
inestables las piernas,
hueco el cerebro,
a poco caigo de bruces cuando,
trayéndote en brazos,
la estoica enfermera me espetó sin reparo:
"éste es su hijo".

A poco arrastro al tío Paco,
en mi derrumbar.

Prestos, solícitos, enérgicos,
varios brazos familiares me evitaron
un violento aterrizaje,
pero no consiguieron mantenerme erguido
un minuto.

Derribado en el suelo,
fuentes de fino sudor encharcaron
mi rostro y vestimenta.

Una parca lengüeta de espuma blanca
apenas asomó entre mis labios, enmudecidos,
mientras un amago de convulsión
sacudió mis miembros.

- Despierta Pepe, despierta,
es tu hijo, míralo qué majo.

Entreabiertos los párpados
escudriñé rostro a rostro
a los familiares que me rodeaban,
y mentalmente hice lo propio
con todos los ausentes,
de primero, de segundo orden,
de cualquier grado de parentesco.

Ninguno. Nadie que yo conozca
tiene rasgos tan extraños.

- Dios mío, ¿qué me has hecho?



Conforme te desarrollabas
se hacía más evidente tu diferencia.

Crecías muy despacio.

Cabeza pequeña,
orejillas de implantación muy baja,
gigante lengua
siempre estorbando entre los dientes,
manos y pies anchos y cortos,
unos ojos inclinados orientales inolvidables,
y un gesto entre serio y cariñoso
al que me costó adaptarme.

Mi vida cambió contigo, Pepo.

No sé de qué manera
me hice adicto
al tacto de tus toscas, cortas manitas.
Tocarlas, estrecharlas, acariciarlas,
besarlas me embarga de gozo,
de paz, de bienestar, de orgullo.

Desde el fondo de unos párpados rasgados,
tus ojillos plácidos, afables,
desprenden, contagian ternura,
sosiego, amor y enseñanzas a raudales.

No puedo, nadie puede,
contener una lágrima y una sonrisa
cuando te acercas.

Tardé algún tiempo en entenderlo,
pero ahora lo tengo muy claro.



Dios me ha enviado un ángel
al que hemos bautizado Pepo.

Cuando tienes cerca un ángel
y le observas detenidamente
te das cuenta de muchas cosas
que habitualmente pasan desapercibidas,
y empiezas a experimentar
sutiles gozos de detalles cotidianos
aparentemente triviales o aburridos.

El trabajo ya no es tan hosco.
Tras el mostrador de la oficina
ahora no tengo huraños usuarios caprichosos
sino personas que sufren
problemas por resolver.

En la cola del autobús
los extraños no son tanto.

Me pregunto cuántos de ellos tendrán,
como yo,
un ángel esperándoles en casa
para colmarles de abrazos y carantoñas.



Los paseos por el parque, por el campo,
son un gozo que jamás había experimentado.

Ni siquiera siendo niño percibí
lo hermosa que es una hoja caída en otoño,
una pelota de nieve
con la que hacer un muñeco,
la margarita que se deja deshojar
entre síes y noes,
tu corto brincar cuando llega
la última olita a la playa.

Es un gozo vivir
tan solo para vivir.

Respirar aire en las calles,
beber agua del grifo,
comer el pan aunque esté duro,
ver la gente pasar,
oír el murmullo de las conversaciones,
y tenerte sentado sobre mis rodillas
deleitándote de las cosas sencillas,
disfrutando los actos corrientes
del vivir cotidiano.

Cuántas, cuantísimas experiencias
gratificantes y placenteras
he tenido la oportunidad de disfrutar
gracias a la sensibilidad dormida
que has despertado en mi alma.

Por ellas doy gracias a diario
a la Providencia que te nos ha enviado.

Los días se hicieron cortos,
entretenidos, siempre jubilosos,
disfrutando de tu grata compañía,
pero han pasado más de prisa de la cuenta.

Ahora, Pepo, eres un niño adulto,
sonriente y bonachón,
que hace amigos por donde pasa.

Tu madre y yo nos estamos
haciendo ancianos,
paseando cogidos de tus manos.



Un semáforo en verde,
un tropel de ciudadanos cruzando confiados,
junto a nosotros,
mientras un alocado motorista
ignora toda regla
y embiste contra el gentío.

Protestas, gritos, hasta insultos,
no lograron detener la brutal embestida,
que te arrolló, pobre Pepo.



Con lo que te gusta ver las carreras de motos,
¿quién te iba a decir que un día
una de ellas, alocada,
iba a venir intempestivamente
para arrancarte cruelmente la vida?.

Alguien te besó reiteradamente
en la boca, con besos de vida,
mientras otro transeúnte
golpeó con vigor y ritmo
tu pecho sin descanso.

Fueron minutos de angustia
que duraron siglos.

Tu madre y yo,
con las córneas translúcidas
de lágrimas retenidas,
apenas distinguíamos un difuso tropel
de gentes haciendo un corro en torno a ti.


- Respira, respira. - gritó alguien.
- Dejad paso a la ambulancia.


- Pepo, por Dios, no te nos vayas.


Sabemos que, detrás de las cortinas
que rodean tu cama,
en el fondo del corazón que irrigan,
escudriñan y limpian tantos catéteres,
cables y sondas que te han plantado,
tú sigues oyéndonos
sin necesidad de palabras,
entendiéndonos sin precisar un gesto,
queriéndonos aunque a veces
no nos lo merezcamos.

Sin ti, ¿cómo sabríamos paladear
el melancólico dulzor de los atardeceres sombríos,
quién nos señalaría la magia
de la gota de rocío atrayendo al lento caracol,
cuándo acertaríamos a encontrar la salida
a los ingratos pequeños infortunios
del vivir de cada día?

Hemos aprendido tanto de ti,
hemos gozado tanto
de esa vital sabiduría cotidiana
que nos has ido enseñando,
que me aterra imaginar tener que pasar
tan solo un día
en este mundo sin tu ayuda,
sin tu apoyo, sin tu compaña.

Tu madre y yo necesitamos tu alegría,
tu inocencia, tu bondad, tu complacencia,
para enfrentarnos al cotidiano vivir,
con frecuencia tan lesivo.


Pepo, cariño,
tú que estás tan cerca de Él,
pídele una aplazamiento.

Ruégale que bendiga a tu familia
una vez más.

Que aún nos permita pasear
cogidos de tu mano algún tiempo,
hasta que llegue el momento
definitivo de irnos,
de ser posible, insiste en ello,
ruégalo,
todos juntos, de una vez.

Él, que es justo y misericordioso,
no debería separarnos en este mundo,
al que nos fuiste enviado
como la mejor de las bendiciones,
la felicidad.

Te quiere mucho,

Tu padre.








Autor:

Dr.Antonio Guijarro Morales
Cardiólogo.Granada


aguijarro@jet.es





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